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Oh... Korczak

Oh... Korczak

Oh... Korczak

Selec. Nurit Mileris


Por Elina Malamud

Ella se llamaba Stefania Wilczynska, pero en el sólido mundo que construyó a su alrededor le decían Pani Stefa –Madame Stefa, según las traducciones al inglés en las que el pensamiento feminista recupera, con la discreción que historia tan delicada requiere, la importancia de su figura al lado del hombre al que acompañó durante treinta años. Era la cuarta hija en una familia muy burguesa y adinerada de industriales textiles de Varsovia, lo que le permitió educarse en la exclusiva escuela para niñas de Jadwiga Sikorska, viajar después a Bélgica para estudiar en la Universidad de Lieja y graduarse en Ciencias Naturales.  

Él había nacido unos años antes, no se sabe bien si en 1878 o 1879 porque su partida de nacimiento se perdió. Se llamaba Henryk Goldszmit y era hijo de un abogado acomodado, pero su nombre real quedó opacado muy pronto por los seudónimos literarios y apelativos doctorales o cariñosos que eligió para escribir o que recogió viviendo:  Hen-Ryk,  Hen, Hagot, Stary Doctor –el Viejo Doctor– o el Señor Doctor, o aquel que en 1898 tomó del personaje de una novela de Kraszewski y con el que lo conoce la historia del siglo XX: Janusz Korczac. Pocos meses después de terminar su carrera de medicina, en 1905, fue enrolado en el ejército ruso –los polacos eran todavía súbditos del zar– como médico militar durante la guerra ruso japonesa y volvió a ser convocado en los tiempos de las trincheras de 1914. Siguió peleando, ya en su condición de polaco, durante las guerras nacionales que siguieron a la primera guerra mundial. Más allá de la miseria humana de los enfrentamientos armados, la desidia con que la sociedad abandonaba a los niños en la pobreza y la orfandad estructuró su pensamiento, su sensibilidad y sus decisiones de vida.

Henrick conoció a Stefa en 1909, cuando el matrimonio Eliasberg lo invitó a una representación de poesía en el orfanato donde Stefa hacía su voluntariado. Dicen que se amaron con el alma, con la mente y con el corazón –de los amores del cuerpo no se comentaba mucho en esos tiempos un tanto décimonónicos– y unieron para siempre su vocación y su destino. Cuando la Sociedad Judía de Ayuda para los Huérfanos puso en marcha el Dom Sierot, la casa para huérfanos judíos de Varsovia, en la calle Krochmalna 92, Henrick, ya muy conocido como médico pediatra, escritor y periodista, fue invitado a dirigirla. Pan Doktor y Pani Stefa, condensaron su amor en ponerse a trabajar juntos. También desde 1919 participó, con María Falska, de la conducción de Nasz Dom, un hogar para hijos de obreros polacos católicos.

Él se manejaba con la libertad de un intelectual creativo. Había recorrido Europa mirando con obsesión cómo los adultos consideraban a los chicos, conoció la obra de Pestalozzi, leyó a Spencer y a Fröbel, se ilustró  con las ideas de John Dewey, de Ovide Decroly y de María Montessori y hasta se dejó conquistar por el cristianismo puro de León Tolstoi. Vivía con los chicos trepados a su espalda o recogidos en su regazo, como esos árboles de copa frondosa, dicen, a donde todos los pájaros llegan a buscar cobijo siempre aleteando y melodiando trinos, cuando no estaba escribiendo sus relatos para niños o sus reflexiones sobre la educación. En cambio y mientras tanto, Pani Stefa, amarrocando sonrisas, organizaba y vigilaba cada detalle del funcionamiento cotidiano del Dom Sierot, severa, austera y rigurosa. Korczac y Pani Stefa nunca se casaron ni formalizaron su pareja porque, dicen, el ya lo había decidido al poco tiempo de conocerla y ella se avino a su condición de solterona, no fuera que entre los repliegues de un amor privado o de hijos exclusivos se escurriera el fervor de la dedicación que debían por igual a todos los pequeños que tuvieron a su cuidado.

Ambos consideraban que no había niños sino personas que se diferenciaban de los adultos solo en su carencia de experiencia. Su manera de enseñar fue empoderar a sus niños, si vale un término tan cargado de sociología y política, de manera que, partiendo de su libertad primera y respetando sus derechos, entendieran y practicaran la organización democrática, ejercieran el autogobierno, confrontaran entre ellos sus convicciones, decidieran y juzgaran su disciplina y la de los propios maestros y tutores, se enorgullecieran de sus responsabilidades, disfrutaran el ocio y escribieran y publicaran libremente sus pensamientos.

Cuando los nazis entraron en Polonia y los judíos de Varsovia fueron recluidos en un ghetto que no abarcaba más de veinte manzanas cuadradas, Dom Sierot fue trasladado a la calle Ch³odna, dentro del ghetto. A Korczac no lo abandonaron ni la templanza ni la dignidad de un educador. Ya que por su edad no pudo alistarse para pelear contra los nazis, se enfundó su uniforme del ejército de polaco y se negó a usar el brazalete amarillo con la estrella de David porque no correspondía que tal símbolo, dijo, se usara como estigma de ciudadanos desechables. Coscorrones y barrotes fueron las consideraciones que recibió del ejército de ocupación. Tampoco aceptó las ofertas de amigos y aún de autoridades para instalarse en el lado ario de la ciudad y buscar su salvación personal. No podía abandonar a los doscientos niños del orfanato. Los judíos del ghetto lo vieron a diario, con su bolsa de tela colgada al hombro, acudiendo al Judenrat –el Consejo Judío que terciaba con los nazis–, a la runfla de tarrajas y contrabandistas que negociaban para bien propio o en interés de todos, o en interés de ninguno según lo posible o lo urgente o lo convenido. Recurría también a los muchachos más jóvenes y subversivos que circulaban escondidos por las alcantarillas, para conseguir nomás el alimento diario con que mantener los flacos cuerpecitos de los huérfanos. 

Un día de enero de 1942, mientras, en Varsovia, Korczak daba sus vueltas por el ghetto, Reinhard Heydrich reunía a un grupo de jerarcas nazis en una casa de Wannsee, en las afueras de Berlín, para decidir la Endlösung der Judenfrage, la solución final del problema judío… y comenzó la Aussiedlung, palabra alemana que se traduce como evacuación, pero que en los términos de la pragmática nazi significó lisa y llanamente el exterminio físico de los judíos de Europa. Ahí en Wannsee está todavía en pie la casa donde se reunieron, con una placa que lo recuerda. Korczac, como muchos otros, pudo avizorar ese futuro y se preparó para el fin, y también preparó a los suyos con aquello del arte y la literatura que les presentara con naturalidad la vivencia de la muerte, si existe un tal oxímoron.

Entre el día 5 y el día 6 de un agosto caluroso llegaron los SS a buscarlos. Algunos dicen que Pani Stefa los bañó y los vistió con sus vestidos más lindos y Pan Doktor les pidió que eligieran su libro más amado o su juguete más querido para ir de excursión; que avanzaron por el ghetto con sus orgullosas cabezas en alto, entre cánticos y aplausos y enarbolando la bandera del rey Matías, personaje de fantasía de una historia para niños escrita por Korczak, mientras restallaban con sonoridad hollywoodense las fustas de los policías letones y ucranianos. Otros cuentan que marcharon rodeados de un silencio agobiante, envueltos en un aire pesado de apático espanto. La sobreviviente Lena Gartenstein-Faigenblat estaba en un grupo que esperaba órdenes cuando vio cómo salía por una calle la larga fila de chicos y recuerda que solo el eco de un rumor apagado corrió entre todos… Ohhhhh, Korczak… mientras los huérfanos –algunos agarrados de la mano o del abrigo de Pan Doktor–, Pani Stefa y los tutores y maestros caminaban hacia Umschlagplatz, para subir al tren que los llevaría al campo de exterminio de Treblinka. 

Lo que pasó después no queda registrado en la historia. Solo cabe a la imaginación ponerle detalles. Amontonados en un vagón de carga, espiando por las rendijas los campos vacíos de coles, los niños acuciados por los ruidos de sus tripitas hambrientas, por las ganas de hacer pis en privado, por los empujones y los gritos en la oscuridad de la noche, forman una fila para ser registrados y despojados de libros, de juguetes, de ropas gastadas, de lentes, de cadenitas y dijes de una memoria lejana. Desnuditos y pelados, asustados y curiosos, en la más infinita soledad que su orfandad pudiera haberles acarreado, entran en la cámara de gas para iniciarse en la experiencia personal de la muerte, tan chiquitos…

Al año siguiente, el 19 de abril de 1943, se iniciaría el levantamiento del Ghetto de Varsovia, cuando los judíos que quedaban vivos decidieron elegir, al menos, su propia manera de morir. 

Ellos tenían sueños –acaba de reflexionar algún funcionario relacionado con la educación, en una frase subrepticia emitida durante su tan mencionada visita a Amsterdam, refiriéndose a la niña judía alemana que murió de tifus en el lager de Bergen-Belsen- y esos sueños quedaron truncos, en gran parte por una dirigencia que no fue capaz de unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia. En poco tiempo se olvidarán seguramente el profundo sarcasmo y la dolorosa ironía puesta en el agregado de esta última frase, tan coyuntural, que remite al tratamiento que las dirigencias que no saben o –mejor dicho– no quieren unir aplican a los educadores, como le pasó a Korczak, a sus compañeros de ruta y a los niños que custodió hasta el fin.

 

 

 

 

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