Menu

David Hume y crítica a la aceptación de Dios

David Hume y crítica a la aceptación de Dios

Por José Luis Fernández Rodríguez


A. Crítica de la aceptación de Dios

1. EL RECURSO A LA RAZÓN
Hume inicia su Historia natural de la religión afirmando que, aunque toda investigación referente a la religión es de suma importancia, hay dos cuestiones que llaman especialmente la atención: una se refiere «a su fundamento en la razón»; la otra, «a su origen en la naturaleza humana».

El fundamento racional de la religión hay que buscarlo en la necesidad que tiene el hombre de explicar el orden del mundo. Según Hume, las gentes mejor dispuestas hacia la religión suelen aceptar que ese orden requiere un autor inteligente. Esta conclusión, aunque vieja, había reaparecido con fuerza en tiempos de Hume, especialmente por influencia de Newton y los newtonianos, que veían el orden del mundo como la manifestación de una inteligencia suprema. Hume se hace eco de esa conclusión en su Historia natural de la religión[4], y en su Investigación sobre el entendimiento humano[5], pero, sobre todo, en los Diálogos sobre la religión natural, en donde apoya esa conclusión en las siguientes premisas: en el mundo reina un orden maravilloso, entendiendo el orden, no en un sentido estático, como la colocación de un conjunto de cosas, sino en un sentido dinámico, esto es, como la disposición que las cosas adquieren en virtud de su dirección a un fin, y que el argumento define como «una precisa adaptación de los medios respecto de los fines» [6]; esa disposición de los medios a los fines requiere una causa; la experiencia nos dice que la causa del orden que observamos en los productos artificiales, como casas, barcos, etc., es una inteligencia; por tanto, por analogía, debemos concluir que la causa encargada de organizar la totalidad del universo debe ser una inteligencia, que es, en definitiva, una inteligencia suprema [7]. Pero semejante argumento, piensa Hume, está lleno de dificultades.


 Desde luego, Hume no tiene duda de que en el mundo reina un orden asombroso. Al contrario, suscribe con gusto la máxima generalmente admitida por las ciencias, según la cual «la naturaleza no hace nada en vano» [8]. Y pone como ejemplos de ello la anatomía y la astronomía.

2) Que podamos encontrarle una causa a ese orden, ya resulta discutible. Y es que la causa implica una conexión necesaria entre lo que llamamos efecto y lo que denominamos causa: el efecto exige necesariamente una causa. Esa necesidad de la conexión no sale de los términos mismos que se ponen en relación (causa y efecto) como creía Leibniz, sino de algo exterior a ellos. Pero eso exterior no hay que buscarlo en Dios, como pensaba Malebranche, que hacía de Dios la única causa de todas las cosas, sino en el hombre, concretamente en un hábito suyo, engendrado por la conjunción reiterada en el pasado entre el efecto y la causa. Así entendida, resulta imposible dar con la causa del orden del mundo. Y es que tanto el orden del mundo (efecto) como la inteligencia ordenadora (causa) son casos únicos. Y, al ser únicos, nos falta la pluralidad de casos asociados constantemente en el pasado, que nos permita adquirir la costumbre de asociar ambos extremos, que es precisamente la fuerza que en los demás casos nos obliga a esperar que el futuro será como el pasado(…)

Enviar comentario sobre la nota al Director...

Su Nombre: *


Su Email: *


Asunto: *


Sus Comentarios:


volver arriba