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Ana Teitelbaum analiza el amor

Ana Teitelbaum analiza el amor

 “La única solución posible es que lo imaginario de una civilización esté compuesto de un número dado de figuras que pueden organizarse en un gran número de modos pero no en otros, para los cuales una historia que funciona tendrá siempre muchos puntos en común con otra historia que funciona” 

Sabemos que las realidades de los pueblos se hacen con mitologías, leyendas y poesías (además de organizaciones político-económicas y normas jurídicas)  Cuando imaginamos la sociedad “feliz, armónica, ideal”, lo hacemos sobre la base “del amor.” Sin embargo el amor-pasión, lejos de constituir la base de comunidades cercanas a la perfección, es la más frágil arcilla para modelar organizaciones equilibradamente estables. 

Eros es un Dios creador y destructor. Lo que llamamos civilización es a la vez represión y sublimación de su poder. Pensar las diferentes maneras en que se manifestaron los mitos del amor en Occidente (Eros griego, Ahav judío, Agápe cristiana) tal vez pueda acercarnos a una comprensión de lo que está ocurriendo, cuando uno de los fenómenos de la realidad contemporánea, es precisamente la pérdida de los códigos amorosos. 

Concepciones que marcaron siglos de historia, resumidas en personajes que hemos heredado y que han alimentado la vida sentimental de nuestro mundo (“Narciso, Don Juan, Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, la Virgen con su Hijo”, etc.). Si consideramos que el erotismo es una infinita recreación de metáforas el lenguaje del amor es... literatura. Y la literatura, matriz que genera otros productos con los que convivimos (cine, T.V., Internet, teatro, humor, divulgación científica, publicidad, etc.) es el lugar privilegiado para indagar las variaciones del concepto amoroso porque su materia prima, el lenguaje, es el organizador del psiquismo humano.El Amor, por tanto, custodiado antes por la teología, irrumpirá en la modernidad por medio de la literatura. Metáfora (lo presente de lo ausente) es lo que podemos escuchar en la rutina cotidiana acerca de las desventuras humanas: padecimientos por amor ausente, actual o pasado, real o imaginario. 

Ser psicoanalista -dice Julia Kristeva-(*1) es saber que todas las historias acaban hablando de amor. Y al hablar de amor solemos referirnos a una peculiaridad única del hombre, signado por la búsqueda de algo que nunca se termina de encontrar y que lo constituye: El Deseo (por definición insatisfacible). “La realidad es el sexo”. Aquí empezó Freud (poco comprendido por sus difusores masivos).Lo sexual, o bien se relaciona con la procreación, con el poder y con lo divino, o termina convertido en una caricatura (tal, la pornografía). Cuando decimos erotismo, pues, nos remitimos a un concepto muy amplio que tiene que ver con el placer, en el sentido más general del término, y que no se circunscribe a lo sexual en relación al cuerpo conceptualizado por la biología. Hablemos -entonces- de amor. Kristeva es tajante: estar vivo psíquicamente es estar enamorado, prisionero de la literatura o en analísis .(*2) Variaciones en torno a la relación con el lenguaje; universo simbólico que hace de una criatura” un humano.” Las figuras que la Antigüedad nos legó, oscilando entre un extremo y otro, veladas o explícitas, con sus torturados devaneos, ilustran los rasgos fundamentales que distinguen los amores occidentales: la transgresión y la idealización. 

Con Platón(*3), la primer exaltación del erotismo surge bajo la forma homosexual (amor al Bien, al discurso Verdadero, a los “Jóvenes”). Sócrates precisará que el objeto de amor, “es lo que no se posee, lo que no se es y aquello de lo que se carece”. Posteriormente con el mito de Narciso (*4) se desarrollará la idea del amor como “salvación”. Amor centrado en sí mismo pero impulsado hacía el Otro ideal. Lo importante es resaltar que el Mundo Helénico nos trasmitió lo esencial de nuestras ideas amorosas: la persona a la que amamos, es amada por su cuerpo y por su “alma” y al poseer un alma que es única, es un” ser libre y no un objeto.” Aunque hoy nos parezca obvio, ésta novedad hizo que los filósofos “descubrieran” el amor. A partir de la idea de libre albedrío cambia la idea de relación amorosa. Más tarde la influencia bíblica -con el judaísmo- impondrá el amor entre hombre y mujer, centrado en la familia, la reproducción y la palabra de Dios. 

El cristianismo consolidará frente al amor del Padre, el amor materno y la Imagen de la Virgen con su Hijo, se convertirá para Occidente, en el símbolo del tesoro más valioso que tiene el amor: servir de antídoto a la angustia de la muerte. Metáfora de las metáforas, “el Amor del Shir ha Shirim” inaugura un capítulo inédito en la experiencia espiritual occidental. Nunca antes se había concebido la relación con Dios, como la del amante con el Esposo. (*5) Lo singular de este amor es que se da en el contexto conyugal y destila la sensualidad más fuerte y a la vez consagra a la pareja por “La Ley.” Legitima lo que parece imposible y hace del judaísmo la más erótica de las abstracciones: Todo un pueblo, el de la Ley, se sentirá como la Sulamita, elegida de Dios. El rabino Akiba dirá sobre el texto: ¡Dios nos guarde!” Nunca nadie en Israel ha discutido el carácter sagrado del Cantar de los Cantares, pues el mundo entero no es digno del Día en que el Cantar de los Cantares fue dado a Israel. Si todas las escrituras son sagradas, el Cantar de los Cantares es más sagrado que las demás.” Alabanza al amor de la pareja, “el amor judío” se constituye en la superación del erotismo y la filosofía griega o mesopotámica.

La Esposa Enamorada, (aunque sea una pastora) es la primera mujer Soberana ante su Amado. Asombrosa fusión entre acatamiento a la legalidad y la pasión más violenta. Aunque algunos autores señalan la Influencia India en el Cantar, lo que lo diferencia y lo hace original, es la aparición de sujetos autónomos y libres, “enamorados y hablantes”. La Sulamita, como encarnación del sujeto moderno, es también el paradigma de un nuevo status de la mujer en la historia. Vemos como la apoteosis del sentimiento religioso, desemboca en una regulación de la pasión erótica y artilugio metafórico, nunca antes puesto en funcionamiento. Inaugurando un capítulo en la historia de la subjetividad occidental, legitima lo imposible: “la pasión en la pareja heterosexual consagrada por la Ley.” Construye el basamento de donde luego, el cristianismo se nutrirá, reivindicando el amor del Padre, consolidando el Amor Materno y reinventando el Amor Narcisista (“amarás al prójimo como a ti mismo”) en una genial síntesis. Constatamos como las distintas configuraciones del amor acuñadas durante siglos, reelaboradas y teorizadas por religiones y sistemas de ideas no son más que recreaciones de complejos procesos psicológicos (individuales y colectivos). Las mismas están destinadas a reglar -entre otras cosas- la sexualidad humana, para hacer posible la convivencia. Así, el amor hacia ningún objeto exterior (o hacia uno ilusorio) se plasma en “Narciso.”

 El amor griego se inmortaliza hacia un objeto del mismo sexo. El amor judío se glorifica legalizado y heterosexual. El amor materno nos invadirá en la iconografía cristiana. El amor prohibido -que no se salva del odio- encontrará en Romeo y Julieta su inolvidable apología. Y los amores de Don Juan -que se desplaza laboriosamente de objeto en objeto- nos abrumarán y divertirán hasta hoy (al menos en la obra maestra de Mozart) Los amores místicos, corteses, libertinos y románticos no parecen continuarse en ninguna nueva figura que pueda encarnarse y presentar modelos identificatorios, para las generaciones sucesivas. ¿Encontrará el erotismo, en la actualidad, alguna voz para cantarse, elevarse, exaltarse y sostenerse en la inestabilidad de los espejos contemporáneos? Hace un tiempo, la ex “top model” Claudia Shiffer publicitaba una de esas cremas que prometen milagros, con su bello rostro “retocado” como el de casi todas las modelos sin arrugas que promocionan cosméticos para borrarlas. En la pantalla del televisor se la veía decir alegremente: “para rellenar mis arrugas uso L´oreal, para (re)llenar mi vida…“ (aquí aparecía la imagen de un niño pequeño que corría hacia ella sonriente… ) Pareciera interesante la propuesta de una mujer madre e ícono de belleza. Un modelo femenino que parece “completarse” con la maternidad pero -que a diferencia del modelo mariano que reinó 2000 años en Occidente- es también una madre sin Padre y un Sex-Simbol… 

¿Que se nos dice actualmente sobre el erotismo?, esta tendencia humana que, a diferencia del Amor, inventado en las cortes provenzales del siglo XIII, es universal e insoslayable. Lyotard relaciona el acto de filosofar con la estructura propia del deseo (presencia- ausencia).Badiou en su “Elogio del Amor” dice que el amor determina la filosofía. Es una de sus “condiciones” conjuntamente con la ciencia, la política y la metafísica. El objetivo del mismo sería la “elevación de una visión del mundo desde un plano solo privado, hacia una experiencia común basada en la diferencia” 

Zygmunt Bauman se explaya sobre “los amores líquidos” y señala que, el término “relación” parece haberse sustituido por el de “conexión”. Jean Luc Marion(*6) afirma que, hoy, la filosofía no dice nada sobre el amor y que es mejor ese silencio que hablar de él maltratándolo o traicionándolo. Dice que “… ya no disponemos de las palabras para decirlo, ni de los conceptos para pensarlo ni de las fuerzas para celebrarlo”… Tras lo cual agrega:”… que el recién llegado, es decir, todos aquellos que aman sin saber bien lo que quiere decir el amor, ni lo que éste les exige ni sobre todo, como sobrevivir a él – ustedes y yo primero-se cree condenado a los peores subterfugios: el sentimentalismo efectivamente desesperado de la prosa popular, la pornografía frustrada de la industria de los ídolos o la ideología informe de la plenitud individual, esa asfixia jactanciosa. Así la filosofía se calla y en ese silencio, el amor desaparece…” 

Eduardo Grüner le hará decir a los personajes de su trabajo de 1982 (“Entre el Deseo y el Miedo”): “… ¡Ajá! Y si es cierto, como afirma Klossowski, que el problema teológico por excelencia es el de la “identidad”, entonces, ¿el erotismo no sería el problema teológico por excelencia en nuestro siglo XX que ha buscado en él su identidad frente a la amenaza apocalíptica? ¿Y no vuelve a asociarse hoy el Goce al Horror? ¿No estaba todo ello ya prefigurado oscuramente en el pensamiento de la Edad Media? -A decir verdad, me parece un tanto traído de los pelos. Es cierto, sin embargo que nuestro siglo pugna por juntar (sin conseguirlo del todo) aquello que la Edad Media se empeñaba en mantener separado (sin conseguirlo en absoluto): el Erotismo y el Lenguaje. Y otra cosa más: son las dos épocas que de manera más aguda- y quizá por razones no tan diferentes- se han visto atormentadas, abismadas, por el mismo Gran Fantasma: el de la Mujer…” (*7)  

Roland Barthes desde sus “Fragmentos…” de 1977 decía: “El discurso amoroso es hoy de una extrema soledad. Es un discurso tal vez hablado por miles de personas (¿quién lo sabe?) pero al que nadie sostiene (…) separado no solamente del poder, sino también de sus mecanismos (ciencias, conocimientos, artes).” Recientemente el libro del psicoanalista Jean Allouch, “El amor Lacan” - de 2012- incluye como epígrafe a su prólogo esta cita de Baudelaire: “Si comienzo por el amor/ Es que por más que lo nieguen, / El amor es para todos / Lo más grande de la vida” Pareciera, que a pesar de la banalización del tema, la reformulación del mismo es una reivindicación sostenida por muchos pensadores serios, pese a una suerte de resistencia de otros, que han adoptado un nihilismo militante, para no ser –quizá- sospechados de cursilería…

Podríamos concluir en que una sociedad, que ha extraviado las leyes que la gobernaban, ya no permite espacio para el amor y sin embargo… el tema invita a la consideración del punto, ya que con el debilitamiento de los mandatos sociales, religiosos y con la autonomía económica creciente de las mujeres (al menos en ciertos sectores) pareciera que la razón única por la cual algunas parejas siguen juntas es…por amor.

Podemos afirmar que es éste, el espacio natural y privilegiado de las ilusiones y las pasiones que justifican (y permiten gozar) irracionalidades consideradas inadmisibles en otras ámbitos. Es la constatación suprema de la debilidad de la razón frente a la certeza de la muerte y, por consiguiente, de la desesperada búsqueda de sentido…

 

Ana Teitelbaum

 

(Pequeño fragmento de un ensayo publicado en 2013, Uruguay)

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