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Lilit por Primo Levi

Lilit por Primo Levi

LILIT (cuento)

Primo Levi

Selecciono Psic. Maximiliano Diel

En tan solo unos minutos el cielo había ennegrecido y había empezado a llover. Poco después, la lluvia fue aumentando hasta convertirse en un obstinado aguacero, y la tierra abundante del campo se tornó un horroroso barrizal, en el que resultaba imposible, no ya trabajar con la pala, sino hasta mantenerse simplemente en pie. El Kapo consultó con el maestro de obras civil y luego se volvió hacia nosotros: que cada cual fuera a cobijarse donde buenamente pudiera. Por el lugar se hallaban diseminados varios trozos de tubo férreo, de cinco o seis metros de largo por uno de diámetro. Me deslicé dentro de uno de ellos y, hacia la mitad del tubo, me encontré con el Tischler, que había tenido la misma idea y había entrado por el otro extremo.

 Tischler quiere decir «carpintero»; entre nosotros, el Tischler no era conocido más que por este nombre. Estaban también el herrero, el ruso, el tonto, dos sastres («el sastre» y «el otro sastre», respectivamente), el galiciano y el largo. A mí me llamaron durante mucho tiempo «el italiano», y luego, indiferentemente, Primo o Alberto (porque me confundían con otro).

 El Tischler era, pues, el Tischler y nada más, si bien no tenía aspecto de carpintero; y todos nosotros sospechábamos que no lo era propiamente: en aquel tiempo era corriente que un ingeniero se apuntase como mecánico, o un periodista como tipógrafo. De este modo se podía esperar un trabajo mejor que el de peón, sin desencadenar la rabia nazi contra los intelectuales. Fuera como fuese, el hecho es que al Tischler lo habían destinado al banco de los carpinteros y que ese oficio se le daba bastante bien. Cosa inhabitual en un hebreo polaco, hablaba un poco de italiano; se lo había enseñado su padre, al que los italianos habían hecho prisionero en 1917 y llevado a un campo de concentración (sí, señores, así como suena), en una zona próxima a Turín. La mayoría de los compañeros de su padre habían muerto de gripe española; por cierto, todavía hoy se pueden leer sus nombres exóticos, húngaros, polacos, croatas, alemanes, en el columbario del cementerio principal: es una visita que encoge el alma al pensar en la triste suerte de todos aquellos muertos extraviados. Su padre había enfermado también, pero se había curado.

 El italiano del Tischler era tan divertido como defectuoso. Se componía principalmente de fragmentos de ópera, por la que su padre había sentido una afición rayana en fanatismo. Alguna vez le había oído canturrear, mientras trabajábamos, las arias Sconto col sangue mio y Libiano nei lieti calici. Su lengua materna era el yiddish, aunque hablaba también alemán, y no nos costaba mucho trabajo entendernos. El Tischler me gustaba porque nunca se le veía alelado: sus andares eran ágiles, a pesar de los zuecos de madera; hablaba con rapidez y precisión, y tenía un rostro listo, risueño y triste. Algunas tardes daba un espectáculo en yiddish, en el que contaba historietas o recitaba filaterías, y a mí me desagradaba no comprenderle. A veces cantaba también, y entonces nadie aplaudía y todos miraban al suelo; pero, una vez que acababa, le rogaban que volviera a empezar.

 Aquel encuentro nuestro a cuatro patas, casi gatuno, le produjo mucha alegría. ¡Ojalá lloviera así todos los días! Pero aquel era un día especial: la lluvia había venido para él, porque era el día de su cumpleaños. Un cuarto de siglo. Pero el azar quiso que aquel mismo día cumpliera yo también veinticinco años. Éramos gemelos. El Tischler dijo que aquella fecha había que festejarla, pues difícilmente podríamos celebrar el cumpleaños siguiente. Sacó del bolsillo media manzana, cortó un trozo y me lo dio. Fue aquella la única vez en todo el año de cautividad en que probé una fruta.

 Masticamos en silencio, concentrados en el precioso sabor acídulo, como si se tratara de una sinfonía. Entretanto, en un tubo frente a nosotros se había refugiado una mujer: joven, envuelta en un manto negro, probablemente una ucraniana de la Todt. Tenía el rostro rojo y ancho; reía y nos miraba con ojos lúcidos de lluvia. Se estaba rascando con indolencia provocativa bajo su melena de leona. Luego se soltó el pelo, se peinó con toda la calma del mundo y empezó a trenzárselo. En aquel tiempo era posible ver de cerca a alguna que otra mujer: era una experiencia dulce y feroz, de la que uno salía agotado.

 El Tischler se dio cuenta de que la estaba mirando y me preguntó si estaba casado. No, no lo estaba. Me miró con  severidad burlesca: ser célibes a nuestra edad es pecado. Sin embargo, se volvió y permaneció un buen rato contemplando también él a la muchacha, que ya había acabado de hacerse las trenzas y, agazapada en su tubo, canturreaba moviendo la cabeza.

 —Es Lilit —me dijo el Tischler de repente.

—¿La conoces? ¿Se llama así?

—No la conozco, pero la reconozco. Ella es Lilit, la primera mujer de Adán. ¿No conoces la historia de Lilit?

 No la conocía, y él esbozó una sonrisa indulgente: ya se sabe, todos los hebreos de Occidente son epicúreos, apicorsím, incrédulos.

 —Si hubieras leído la Biblia — prosiguió—, recordarías que la historia de la creación de la mujer está narrada dos veces, de manera distinta. Pero, claro, a vosotros se os enseña un poco de hebreo a los trece años y se acabó…

 Se estaban planteando una situación y un juego que me gustaban: la típica disputa entre el piadoso y el incrédulo, que es ignorante por definición y a quien el adversario, al demostrarle su error, le hace «rechinar los dientes». Acepté, pues, mi papel y contesté con la debida insolencia:

 —Sí, está contada dos veces, pero la segunda no es más que un comentario de la primera.

—Falso. Así piensan los que se quedan en la superficie. Mira, si lees bien y meditas lo que lees, te darás cuenta de que en el primer relato aparece escrito: «Dios los creó varón y hembra»; es decir, que los creó iguales, con el mismo polvo. Sin embargo, una página después se cuenta que Dios forma a Adán y luego piensa que no está bien que el hombre esté solo, por lo que le quita una costilla y con ella fabrica una mujer; mejor dicho, una Männin, una varona, una hembra de hombre. Ya ves cómo aquí la igualdad ha desaparecido. En efecto, hay quien cree que son distintas no solo las dos historias, sino también las dos mujeres, y que la primera no fue Eva, la costilla de hombre, sino que fue, más bien, Lilit. Ahora bien, la historia de Eva está escrita y la sabe todo el mundo; mientras que la de Lilit solo se cuenta oralmente, y por eso la sabe poca gente (bueno, no

«la», sino «las», pues son muchas las historias). Te contaré algunas, ya que es nuestro cumpleaños y llueve y ya que hoy a mí me toca el papel de narrar y creer; el incrédulo eres tú.

 La primera historia es que el Señor no solo los hizo iguales, sino que con la arcilla hizo además una forma única; mejor dicho, un Golem, una forma sin forma. Era una figura con dos espaldas; es decir, el hombre y la mujer ya juntos. Luego los separó de un tajo. Pero ellos ansiaban volver a juntarse, y enseguida Adán quiso que Lilit se acostase en el suelo. Lilit no estaba de acuerdo. ¿Por qué yo debajo? ¿Es que no somos iguales, dos mitades de una misma pasta? Adán intentó forzarla; pero eran iguales también en cuanto a la fuerza, y no lo consiguió y entonces pidió ayuda a Dios. Él era también varón, y seguro que le daría la razón. Así ocurrió, en efecto, pero Lilit se rebeló: o derechos iguales o nada. Y como los dos varones insistían, ella blasfemó contra el Señor, se convirtió en diablesa, salió volando como una flecha y fue a establecerse en el fondo del mar. Sin embargo, hay quien pretende saber más y cuenta que Lilit vive precisamente en el mar Rojo, pero que todas las noches levanta el vuelo, se da una vuelta por el mundo, rompe los cristales de las casas en las que hay niños e intenta sofocarlos. Es menester estar atentos; si logra entrar, se la atrapa debajo de un plato volcado y ya no puede hacer daño.

 Otras veces entra en el cuerpo de un hombre, y este queda embrujado. Entonces el mejor remedio es conducirlo delante de un notario o un tribunal rabínico y mandar extender un acta en su debida forma, en la que el hombre declara que quiere repudiar a la diablesa. ¿Por qué ríes? Claro que no creo en estas historias, pero no puedes imaginarte cómo me gusta contarlas; me gustaba mucho que me las contaran, y me disgustaría que se perdieran. Por lo demás, no te garantizo que no haya añadido algo de mi propia cosecha: es probable que todos los que las cuentan añadan algo nuevo; así se van formando las historias.

 Se oyó un ruido lejano, y poco después pasó ante nosotros un tractor con cadenas de cremallera en las ruedas. Se arrastraba detrás de un quitanieves; pero el fango levantado se pegaba de nuevo al costado de la máquina. Como Adán y Lilit, pensé. Mejor para nosotros: así seguiremos todavía un buen rato inactivos.

 —Luego está la historia del semen. A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho a ver dónde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe; por eso está siempre preñada y no hace más que parir. Al ser una diablesa, pare diablos; pero estos no hacen mucho daño, aunque ganas no les deben de faltar. Son espiritejos malignos, sin cuerpo: hacen que se corten la leche y el vino, corren de noche por los desvanes y atan los cabellos de las muchachas.

 Pero son también hijos del hombre, de cada hombre: hijos ilegítimos; lo que no les impide, a la muerte de su padre, asistir al funeral junto a los hijos legítimos, que son sus hermanastros. Revolotean alrededor de las candelas fúnebres como mariposas nocturnas, reclamando con gran alboroto su parte en la herencia. Tú ríes porque eres un epicúreo y tu papel consiste precisamente en reírte, o quizá también porque nunca has derramado tu semen. Pero podría ocurrir que salieras vivo de aquí y vieras, en algunos funerales, al rabino, acompañado de su séquito, dar siete vueltas seguidas alrededor del féretro: pone una barrera en torno al muerto para que sus hijos sin cuerpo lo dejen descansar en paz.

 Pero me queda por contarte la historia más extraña, y no es extraño que sea extraña si se piensa que está escrita en los libros de los cabalistas, que son unos individuos sin ningún tipo de miedo. Tú sabes que Dios creó a Adán y que, poco después, se dio cuenta de que no estaba bien que estuviera solo y le dio una compañera. Pues bien, los cabalistas decían además que tampoco estaba bien que estuviera Dios solo, por lo que, en el principio de los principios, se dio a sí mismo por compañera a la Shekiná, es decir, a su propia presencia en la Creación. De este modo la Shekiná se convirtió en la esposa de Dios y, por tanto, en la madre de todos los pueblos. Cuando los romanos destruyeron el Templo de Jerusalén, y a nosotros nos dispersaron y vendieron como esclavos, la Shekiná montó en cólera, se separó de Dios y se vino con nosotros al exilio. Te diré que esto lo he pensado también yo: que la Shekiná se haya hecho voluntariamente esclava, y habite aquí entre nosotros, en este exilio dentro del exilio, en esta morada de fango y dolor.

 Así pues, Dios se quedó solo y, como sucede a la mayoría de nosotros, no supo resistir a la soledad ni a la tentación y buscó una amante. ¿Adivinas quién? Lilit, la diablesa, lo cual creó un escándalo inenarrable. O sea que ocurrió como en las disputas, en las que a una ofensa se contesta con otra ofensa más grave, con lo que el desacuerdo no acaba nunca; al contrario, se torna cada vez mayor. Porque debes saber que estos amoríos indecentes no han acabado todavía, ni tienen visos de acabar pronto. Por un lado, son la causa del mal que existe en la tierra; por el otro, su efecto. Mientras Dios siga pecando con Lilit, habrá sobre la tierra sangre y dolor. Pero vendrá un día en que un ser poderoso, el que todos esperamos, haga morir a Lilit y ponga fin a la lujuria de Dios y a nuestro exilio. Sí, también al tuyo y al mío, italiano. Su nombre será Maz’l Tov, Buena Estrella.

 La estrella fue bastante buena para mí, pero no para el Tischler. Sin embargo, muchos años después tuve ocasión de asistir a un funeral que se desarrolló como él lo había descrito, con la danza defensiva alrededor del féretro. Es una paradoja que el destino haya escogido a un epicúreo para repetir esta fábula pía e impía, entramada de poesía, de ignorancia, de agudeza temeraria y de esa tristeza incurable que crece sobre las ruinas de las civilizaciones perdidas.

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