Menu

Rincón literario.

Rincón literario.

Rincoón literario. Coordina Isaac Markus. 

 

UN LUGAR AL QUE NUNCA QUISO VOLVER

Autor: Isaac Podberesky

Nunca quiso volver a ese lugar. No entendía a los que una y otra vez se desgarraban las entrañas retornando al Infierno. Era demasiado cruel, demasiado duro.

Sin embargo, las imágenes del Papa Francisco atravesando el portón del campo de concentración lo atraparon, y lo sumergieron en un pasado que había querido enterrar en las profundidades de sus entrañas. Demás está decir que jamás lo logró.

Por esa entrada, ARBET MACHT FREI, lo habían arrastrado junto a su esposa y sus dos pequeñas hijas. Por ese portón había salido tres años después sólo y sin esperanza.

Con cada paso que el Papa daba, él arrastraba los zuecos de madera que deformaron sus pies y su fe. El hermoso cielo azul, el entorno arbolado que recibieron a Francisco, en nada se parecía al yermo cubierto de cenizas que hollaba cada madrugada hacia el campo de trabajo. Perros guardianes y guardianes perros controlaban el camino. En invierno la nieve gris, casi negra alimentada de cenizas marcaba un mundo sin pureza y el olor fétido de las chimeneas lo atormentaba.

A los pocos días de llegar al campo supo que su mujer y sus hijas ya no estaban. “Mujeres y niños a la izquierda, hombres a la derecha”. Cada noche, cuando se desplomaba sobre maderas entre cuerpos desconocidos que compartían enfermedades y piojos se reprochaba el no dejarse morir, esa rara sensación mecánica de querer seguir viviendo. El pasado ya no existía, quizá tampoco el futuro.

Francisco besaba conmocionado la horca donde habían colgado a aquellos agraciados; acababa su calvario. ¡Cómo envidiaba a los que se balancearon de esas cuerdas!

El Papa se sentó largo rato frente al Calabozo del Hambre. Recordó a San Maximiliano Kolbe. Pero él sabía que él fue uno de miles. Muchas mañanas debía sacar los cuerpos y cargarlos sobre una caretilla cada vez más pesada, uno más uno, uno más uno, uno más uno… hasta los crematorios.

Estaba muy lejos, ya a salvo del campo pero no de su pesadilla y sin embargo los ojos de Francisco eran los suyos, la tristeza reflejada en el rostro del Papa lo penetraba. Volvió a sentir la culpa de estar vivo. ¿Por qué él sí y no sus niñas o su mujer? ¿Por qué él y no cualquiera de sus compañeros de infortunio? Volvió a sentir vergüenza frente a los muertos. Francisco abandonaba el campo… solo, abatido… él sabía que hubo seres humanos que no pudieron hacerlo… uno más uno, uno más uno, uno más uno…

Sólo quedaron sus palabras en una hoja: “Señor, perdón por tanta maldad”

 

 

Enviar comentario sobre la nota al Director...

Su Nombre: *


Su Email: *


Asunto: *


Sus Comentarios:


volver arriba