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Explica Michel Foucault en "Vigilar y Castigar"

Explica Michel Foucault  en "Vigilar y Castigar"
 
 
Por Dr. David Malowany.
 
         Explica Michel Foucault (1926 -1984) -Vigilar y Castigar, pág.  260, Siglo XXI, 2014- que  las leyes punitivas modernas derivan de los códigos penales europeos de fines del siglo XVIII y principios del XIX.   Esta  legislación, al influjo de Beccaria, se caracterizó por la eliminación de los suplicios y del espectáculo público del tormento.  Ya no es más  el cuerpo el objeto de la  penalidad. A la expiación que causa estragos en el cuerpo le sucedió un castigo que actua en profundidad sobre el corazón, el pensamiento y  la voluntad, tomando al alma y no al cuerpo como objeto de castigo. Mas modernamente, continúa diciendo el filósofo francés,  la problematización del criminal detrás de su crimen, la preocupación de un castigo que sea una corrección, una terapéutica, una normalización, la división del acto de juzgar entre diversas instancias que suponen medir, apreciar, diagnosticar, curar, transformar a los individuos  revelan la penetración del diagnóstico médico en la inquisición judicial.
 
       Expresa el ex Presidente de la Suprema Corte de Justicia Uruguaya y profesor de Derecho Penal, Milton Cairoli ( Curso de Derecho Penal Uruguayo,  Tomo II- pág. 114 y ss, año 1987) que   Ley penal  sirve como coacción sicológica, disuadiendo a los ciudadanos de que no cometan delitos. Son necesarias para hacer cumplir las costumbres aceptadas por el grupo cultural dominante.  La aplicación de la pena  evita represalias colectivas, linchamientos, neutraliza las perturbaciones producidas por el delito y previene los futuros.  Mediante la pena aplicada al infractor, la sociedad se defiende del  mismo. Pero allí no terminan nuestros deberes, pues se  persigue pragmáticamente la rehabilitación del  delincuente,  aunque   con ello, no se anulan las causas sociales  que   provocan el delito. ¿Y cual es esta realidad que lleva a nuestros mejores hijos a delinquir?  Gilles Lipovetsky ( La felicidad paradójica, París, 2006, página 184 y ss.) nos comenta que tanto en Europa como en EEUU, ha habido un fuerte crecimiento de los delitos y los actos violentas: el índice de actos violentos cometidos en Francia se ha duplicado entre 1985 y 2001.  El aumento de la violencia se debe a los actos cometidos principalmente por menores de 18 años y jóvenes adultos que han visto el transcurrir de su vida en medios desheredados. El número de menores juzgados por actos de violencia en Francia se ha multiplicado por cuatro.  Cuesta no relacionar este hecho, dice el sociólogo, con la disgregación de las familias, la pérdida de autoridad parental y las insuficiencias de la educación, que dan lugar a la erosión del sentido de los límites, de la reglas y de las prohibiciones, una juventud más abandonada a sí misma y que, despojada de referentes, muestra menos capacidad para soportar las frustraciones y los impedimentos.
 
         Si las rebeldías juveniles son una de las consecuencias del fracaso de los movimientos sociales, también son fruto de un mundo social desestructurado y privatizado por influjo del consumo comercial, por nuevos modos de vida centrados en el dinero, en la vida en el presente, en la satisfacción inmediata de los deseos. Privados de puntos de referencia y de horizontes, frustrados por su forma de vivir, desestabilizados por la deficiencia de la educación parental, presente en todos los medios, pero en particular en las capas sociales afectadas por el desempleo y el choque de culturas, los jóvenes urbanos reivindican la delincuencia como una forma de vida normal en un universo percibido como una jungla en la que ellos no pueden vivir como todo el mundo. Los “have nots” no se sienten pobres sólo porque consuman pocos bienes y diversiones, sino también porque consumen demasiadas imágenes de felicidad comercial irreal.  
 
      Los actos violentos,  no son por lo tanto, dice Lipovetsky,  sólo una consecuencia automática de las desestructuraciones liberales, son también uno de los medios a los que recurren los jóvenes de los barrios marginales para afirmarse, imponerse a los demás, compensar sus fracasos escolares, soportar su inferioridad social. Conforme se disuelven las reglas familiares y comunitarias, los individuos tienen que definirse, tienen que construir su identidad eligiendo modelos de referencia incluso mientras el orden económico les impone desempleo y existencia precaria. En unos el individualismo se concreta con preguntas sobre sí mismo, con reivindicaciones identitarias, con la recuperación subjetiva de la tradición como la de aquellos jóvenes que se convierten en carne de cañon de los movimientos fundamentalistas. En otros se materializa en la violencia como forma de obtener una categoría, ser alguien, existir como sea ante uno mismo y ante los demás.
 
* Agradezco al Educador Juvenil Mario Migdal Yusim la colaboración en este trabajo.
 

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