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El surgimiento de las democracias no liberales

El surgimiento de las democracias no liberales

 

FAREED ZAKARIA

Durante el siglo XX, y en Occidente, la democracia ha ido de la mano del liberalismo constitucional: el Estado de Derecho y de los derechos humanos. Sin embargo, en el resto del mundo, estos dos conceptos siguen un camino separado. La democracia sin liberalismo constitucional está produciendo regímenes centralizados.

El diplomático norteamericano Richard Holbrooke reflexionaba sobre el problema en vísperas de las elecciones bosnias de septiembre de 1996. “Supongamos –dijo– que los comicios se declararan libres e imparciales y que los elegidos fueran racistas, fascistas y separatistas, públicamente opuestos [a la paz y la reintegración]. Ese es el dilema”. Lo es, ciertamente, y no sólo en la antigua Yugoslavia, sino cada vez más en todo el mundo. Regímenes elegidos democráticamente, que con frecuencia han sido reelegidos o reafirmados mediante referendos, ignoran sistemáticamente los límites constitucionales de su poder y privan a sus ciudadanos de derechos y libertades básicos. Desde Perú a la Autoridad Palestina, desde Sierra Leona a Eslovaquia, desde Pakistán a Filipinas, vemos el ascenso de un fenómeno perturbador en la vida internacional: la democracia no liberal.

Ha sido difícil reconocer este problema porque, durante casi un siglo, en Occidente, democracia ha significado democracia liberal, sistema político caracterizado no sólo por elecciones libres y justas, sino también por el imperio de la ley, la separación de poderes y la protección de las libertades básicas de expresión, reunión, religión y propiedad. En realidad, este último conjunto de libertades –que puede denominarse liberalismo constitucional– es teórica e históricamente distinto de la democracia. Como ha señalado el politólogo Philippe Schmitter, “el liberalismo, bien sea como concepto de libertad política, bien como doctrina acerca de la política económica, puede haber coincidido con el ascenso de la democracia. Pero nunca ha estado vinculado inmutablemente o sin ambigüedades a su práctica”. Hoy, las dos ramas de la democracia liberal, entrelazadas en el tejido político occidental, se están desgajando en el resto del mundo. La democracia florece, el liberalismo constitucional no.

Actualmente, 118 de los 193 países del mundo son democráticos y abarcan una mayoría de su población (54,8 por cien para ser exactos), lo que supone un enorme crecimiento en tan solo un decenio. Sin embargo, hay una creciente inquietud ante la rápida difusión de elecciones pluripartidistas por Europa central, Asia, África y Latinoamérica, quizá por causa de lo que ocurre después de las elecciones. Dirigentes populares como Boris Yeltsin en Rusia o Carlos Menem en Argentina eluden sus Parlamentos y gobiernan por decreto presidencial, deteriorando las prácticas constitucionales básicas. El Parlamento iraní, elegido con más libertad que la mayoría de los de Oriente Próximo, impone rígidas restricciones de expresión, reunión e incluso vestimenta, con lo que reduce la ya escasa dosis de libertad del país.

Naturalmente, hay todo un espectro de democracias no liberales que van desde los transgresores modestos, como Argentina, a las cuasi-tiranías como Kazajstán y Bielorrusia pasando por países intermedios como Rumania y Bangladesh. En buena parte del espectro, las elecciones son rara vez tan libres y equitativas como en Occidente hoy, pero reflejan la realidad de la participación popular en la política y el apoyo a los elegidos. Y los ejemplos no son aislados ni atípicos.

La democracia no liberal es una industria en crecimiento

 

El informe elaborado entre 1996 y 1997 por Freedom House, Freedom in the world, tiene diferentes clasificaciones para las libertades políticas y las civiles, que corresponden más o menos con la democracia y con el liberalismo constitucional, respectivamente.1 De los países que se encuentran entre la dictadura confirmada y la democracia consolidada, el cincuenta por cien respeta más las libertades políticas que las civiles. En otras palabras, la mitad de los países “democráticos” del mundo de hoy son democracias no liberales. La democracia no liberal es una industria en crecimiento. Hace siete años, sólo el veintidós por cien de los países democráticos podría haber sido calificado así; hace cinco años, esa cifra había subido a un 35 por cien.2 Y hasta la fecha pocas democracias no liberales han madurado para convertirse en democracias liberales; en todo caso, están avanzando hacia un no liberalismo potenciado. Lejos de ser un estado temporal o de transición, parece que muchos países están consolidándose en una forma de gobierno que combina un grado apreciable de democracia con un grado considerable de no liberalismo. De la misma forma que hay naciones que han llegado a sentirse cómodas con muchas variedades de capitalismo, bien pueden adoptar y sostener diversas formas de democracia. La democracia liberal occidental puede no ser el destino final de la vía democrática, sino sólo una de sus muchas y posibles salidas.

 

Democracia y libertad

Desde los tiempos de Herodoto, la democracia ha significado, en primer lugar y ante todo, el gobierno del pueblo. Este concepto de la democracia como un proceso de selección de los gobiernos, expresada por estudiosos que van desde Alexis de Tocqueville a Joseph Schumpeter y Robert Dahl, es el que normalmente usan los sociólogos. En The third wave, Samuel P. Huntington explica el motivo: “Las elecciones, abiertas, libres y justas son la esencia de la democracia, el inevitable sine qua non. Los gobiernos producidos por elecciones pueden ser ineficaces, corruptos, miopes, irresponsables, dominados por intereses creados e incapaces de adoptar la política que exige el bien público. Esas cualidades hacen que tales gobiernos sean indeseables pero no los hacen dictatoriales. La democracia es una virtud pública, no la única, y la relación de la democracia con otras virtudes y vicios públicos sólo puede entenderse si se distingue claramente la democracia de las otras características de los sistemas políticos”.

Esta definición está también de acuerdo con la visión lógica del término. Si un país mantiene elecciones competitivas y pluripartidistas, lo llamamos democrático. Cuando aumenta la participación pública en la política, por ejemplo gracias a la concesión de derechos políticos a la mujer, se le considera más democrático. Por descontado, las elecciones deben ser abiertas y justas, y esto requiere alguna protección para la libertad de expresión y de reunión. Pero ir más allá de esta definición minimalista y calificar de democrático a un país sólo si garantiza un amplio catálogo de derechos sociales, políticos, económicos y religiosos convierte la palabra “democracia” en una enseña de honor más que en una categoría descriptiva. Después de todo, Suecia tiene un sistema económico que, según mantienen muchos, coarta los derechos de propiedad individuales; Francia, hasta hace poco, mantenía un monopolio estatal de la televisión, y Gran Bretaña posee una religión establecida. Pero todas ellas son clara y visiblemente democracias. Hacer que democracia signifique, subjetivamente, “un buen gobierno” es analíticamente inútil.

El liberalismo constitucional mantiene que los seres humanos tienen ciertos derechos naturales y que los gobiernos deben aceptar una ley fundamental que limite sus poderes y los garantice

 

El liberalismo constitucional, por otra parte, no se refiere a los procedimientos para seleccionar gobiernos, sino más bien a los objetivos del gobierno. Se refiere a la tradición, enraizada en la historia occidental, que intenta proteger la autonomía y la dignidad de los individuos contra la coerción, cualquiera que sea su origen: Estado, Iglesia o sociedad. El término vincula dos ideas estrechamente relacionadas. Es liberal porque se apoya en la veta filosófica, iniciada por los griegos, que insiste en la libertad individual.3 Es constitucional porque descansa sobre la tradición, iniciada por los romanos, del imperio de la ley. El liberalismo constitucional se desarrolló en Europa occidental y Estados Unidos como una defensa del derecho del individuo a la vida y la propiedad y a la libertad de religión y de palabra. Para garantizar estos derechos, insiste en los controles sobre el poder de cada rama del gobierno, igualdad bajo la ley, cortes y tribunales imparciales, y separación de la Iglesia y del Estado. Entre sus figuras más destacadas se encuentran el poeta John Milton, el jurista William Blackstone, estadistas como Thomas Jefferson y James Madison y filósofos como Thomas Hobbes, John Locke, Adam Smith, el barón de Montesquieu, John Stuart Mill y sir Isaiah Berlin. En casi todas sus variantes, el liberalismo constitucional mantiene que los seres humanos tienen ciertos derechos naturales (o “inalienables”) y que los gobiernos deben aceptar una ley fundamental que limite sus poderes y los garantice. De este modo, en 1215, en Runnymede, los barones de Inglaterra forzaron al Rey a acatar la ley consuetudinaria y establecida del país. En las colonias americanas, esas leyes se hicieron explícitas, y en 1638 la ciudad de Hartford adoptó la primera Constitución escrita de la historia moderna. En los años setenta, las naciones occidentales codificaron normas de comportamiento para los regímenes de todo el mundo. La Carta Magna, la Constitución de Estados Unidos y el Acta Final de Helsinki son, todas, expresiones de liberalismo constitucional.

 

La vía hacia la democracia liberal

Desde 1945, los gobiernos occidentales han incorporado, en su mayor parte, democracia y liberalismo constitucional. Es difícil imaginar separados a ambos, bajo la forma de democracia no liberal o de autocracia liberal. En realidad, ambas existieron en el pasado y subsisten en el presente. Hasta el siglo XX, la mayoría de los países de Europa occidental eran autocracias liberales o, en el mejor de los casos, semidemocracias. Los derechos políticos estaban estrechamente restringidos, y las legislaturas elegidas tenían poco poder. En 1830, Gran Bretaña, en algunos sentidos la nación europea más democrática, permitía escasamente al dos por cien de su población votar para elegir una de las dos cámaras del Parlamento; esa cifra subió a un siete por cien después de 1867 y llegó a un cuarenta por cien, aproximadamente, en el decenio de 1880. Sólo a finales de los años cuarenta, la mayoría de los países occidentales llegaron a ser democracias plenas, con sufragio universal entre los adultos. Pero cien años antes, a finales de 1840, la mayoría había adoptado importantes aspectos del liberalismo constitucional: el imperio de la ley, los derechos de propiedad privados y, de modo creciente, la separación de poderes y la libertad de palabra y reunión. Durante buena parte de la historia moderna, lo que caracterizó a los gobiernos de Europa y EE UU y los diferenció de los del resto del mundo no fue la democracia, sino el liberalismo constitucional. El mejor símbolo del “modelo occidental” no es el plebiscito de masas sino el juez imparcial.

La historia reciente de Asia oriental sigue el itinerario europeo. Después de un breve coqueteo con la democracia pasada la Segunda Guerra mundial, la mayoría de los regímenes de Asia oriental se hicieron autoritarios. Con el tiempo, pasaron de la autocracia a la autocracia liberalizante y, en algunos casos, hacia la semidemocracia liberalizante.4 La mayoría de los regímenes de Asia oriental siguen siendo sólo semidemocráticos, con patriarcas o sistemas de un solo partido que hacen de las elecciones ratificaciones de su poder, en vez de competiciones genuinas. Pero estos regímenes han otorgado a sus ciudadanos un creciente número de derechos económicos, civiles y religiosos, y unos derechos políticos limitados. Como en Occidente, la liberalización en Asia oriental ha incluido la liberalización económica, que es fundamental para promover tanto el crecimiento como la democracia liberal. Históricamente, los factores más estrechamente asociados con las democracias liberales plenas son el capitalismo, la existencia de una burguesía y una elevada renta per cápita. Actualmente, los gobiernos de Asia oriental son una combinación de democracia, liberalismo, capitalismo, oligarquía y corrupción, muy a la manera de los gobiernos occidentales de 1900.

El liberalismo constitucional ha llevado a la democracia, pero la democracia no parece llevar al liberalismo constitucional. En contraste con las vías occidental y asiática oriental, durante los dos últimos decenios en Latinoamérica, África y partes de Asia, dictaduras con poco historial de liberalismo constitucional han dado paso a la democracia. Los resultados no son alentadores. En el hemisferio occidental, donde se han celebrado elecciones en todos los países excepto Cuba, un estudio realizado en 1993 por el tratadista Larry Diamond determinó que diez de los veintidós principales países latinoamericanos “padecen niveles de atentados contra los derechos humanos, que son incompatibles con la consolidación de la democracia [liberal].”5 En África, la democratización ha sido extraordinariamente rápida. En seis meses, en 1990, una gran parte del África francófona levantó su prohibición sobre política de partidos. Pero, aunque se han celebrado elecciones en la mayoría de los 45 Estados subsaharianos desde 1991 (dieciocho sólo en 1996), ha habido retrocesos para la libertad en muchos países. Uno de los observadores más atentos de África, Michael Chege, investigó la ola de democratización y extrajo la lección de que el continente había “subrayado en exceso las elecciones multipartidistas (…) y en la misma proporción abandonado los principios básicos del gobierno liberal”. En Asia central, las elecciones, incluso cuando son razonablemente libres, como en Kirguizia y Kazajstán, han creado poderes ejecutivos fuertes, legislativos y judiciales débiles y pocas libertades civiles y económicas. En el mundo islámico, desde la Autoridad Palestina hasta Irán o Pakistán, la democratización ha llevado al crecimiento de la política teocrática, con desgaste de tradiciones ancestrales de secularismo y tolerancia. En muchas partes de ese mundo, como Túnez, Marruecos, Egipto y algunos de los Estados del golfo Pérsico, si se celebrasen elecciones mañana, los regímenes resultantes serían casi con seguridad menos liberales que los actuales.

Por otra parte, muchos de los países de Europa central han pasado con éxito del comunismo a la democracia liberal, tras haber atravesado la fase de liberalización sin democracia que han vivido otros países europeos durante el siglo XIX. En efecto, el imperio austro-húngaro, al cual pertenecía la mayoría, era una clásica autocracia liberal. Incluso fuera de Europa, el politólogo Myron Weiner advirtió una llamativa relación entre el pasado constitucional y el presente democrático liberal. Indicó que, en 1983, “cada país del Tercer Mundo que hubiera salido de un régimen colonial desde la Segunda Guerra mundial con una población de por lo menos un millón de personas (y también casi todas las colonias menores) con una experiencia democrática continua era una antigua colonia británica.”6 El gobierno británico no significaba democracia –el colonialismo es, por definición, antidemocrático–, sino liberalismo constitucional. La herencia británica jurídica y administrativa ha resultado más benéfica que la política francesa de ir concediendo derechos políticos a algunas de sus colonias.

Aunque pueden haber existido en el pasado autocracias liberales, ¿son imaginables actualmente? Hasta ahora, un ejemplo pequeño pero convincente floreció en el continente asiático: Hong Kong. Durante 156 años, hasta el 1 de julio de 1997, fue dirigido por la Corona británica con un gobernador general. Hasta 1991, nunca se habían celebrado elecciones significativas, pero su gobierno era un compendio de liberalismo constitucional, protegiendo los derechos básicos de sus ciudadanos y administrando un equitativo sistema judicial y burocrático. Un editorial publicado el 8 de septiembre de 1997 por el Washington Post sobre el futuro de la isla llevaba el ominoso título de: “Se deshace la democracia de Hong Kong”. Realmente, Hong Kong tenía poca democracia que deshacer; lo que tiene es un marco de derechos y leyes.

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