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Rincón literario

Rincón literario

 Coordinado por Cr. Isaac Markus

 INVASORES

Autora: Silvia Bechler

                                                                                                   

     La edificación fue construida sobre lo que era una antigua panadería con horno a leña.  “El Embrujo” ofrece deliciosas comidas internacionales y un verdadero museo de la memoria de la ciudad.  Además de las exquisiteces que se pueden saborear allí,  la decoración es original en objetos, imágenes, y recuerdos de legendarios artistas y mitos urbanos. 

     La mujer K y la mujer M son asiduas clientas.  Hace horas que conversan allí. 

—¿Se van a servir postre?

—Sí, un panqueque de manzana con helado de crema.

—¿Y usted?

—El mismo panqueque sin helado.

—Muy bien, enseguida se los traigo.  

     Minutos después, la moza deposita sobre la mesa, los dos platos con el pedido.  El primer bocado está por alcanzar sus lenguas impacientes.  Hablan y hablan de tristezas, de culpas no expiadas,  y se llenan la boca de fruta helada y azúcar quemado como para paliar desolaciones o para acallar fuegos interiores que no dejan de crepitar. 

     En la cocina, una olla gigantesca con tallarines hierve hace rato.  El recipiente plateado ha quedado solo y la fuerza del agua pugna por salir de ese encierro.  Los tallarines toman cada vez más volumen.  Comienzan a salir de la cacerola.  Se deslizan sobre una mesada.  La ocupan en todo su largo y ancho.  Se arrastran por los placares que habitan debajo de ella.  Se reproducen.  Reptan por las paredes en dirección al techo y al mismo tiempo alcanzan el piso.  Un segundo grupo alcanza otras mesadas que se tornan pegajosas y calientes hasta que la cocina entera se atesta.  Continúan saliendo de la olla.  El recinto completo se convierte en una gran masa de fideos al huevo de donde nadie puede entrar ni salir.  El recipiente espumoso continúa escupiendo en color amarillo.  De ese  atroz pegote de comida italiana, un tallarín se rebela.  Se despega con ímpetu del resto de “la tropa” y les ordena invadir más territorio.  Toma la iniciativa y se expande hacia el salón comedor como el caudillo que dirige una Revolución.  Zzzzzzz….Como una víbora cascabel extiende “su cuerpo” por todo el piso.  Millones de “soldados” continúan asomando de la cacerola.  El Batallón se sigue reproduciendo sin control. Avanzan.  El aire se torna irrespirable.  Se enroscan en las arañas de luz, apretando el vidrio de las lámparas.  La luz empalidece.  Los retratos de los famosos que cuelgan de las paredes transforman sus sonrisas en gestos de pánico.

     El dueño y las mozas del restaurante no están en sus puestos.  Las mesas, han sido desocupadas.  Sólo permanecen allí la mujer K y la mujer M que continúan conversando como si nada pasara a su alrededor.  Los fideos las observan por todas partes.  Las vigilan con ojo aguzado.  Ellas se llevan a la boca los últimos trozos de los exquisitos panqueques.  No paran de hablar.  Sitiadas por los cuatro costados, un grupo de “invasores”-por orden de su caudillo-, se enrosca en las piernas de la mujer K y en los brazos de la mujer M.  No reaccionan, siguen declamando sus angustias, casi al borde del llanto.  Derraman culpas en el aire intoxicado.  ¿Acaso no escuchan la orden de hacer silencio?

     La olla está exhausta de “vomitar”. Continúa desbordándose hasta que revienta con un estruendo imponente.  Las señoras no se inmutan con la explosión.  No pueden parar de hablar. 

     Un grupo de tallarines prepara su golpe final.  ¡Basta! No soportan una palabra más. Como látigos implacables se anudan en los cuellos de las mujeres.  Aprietan…aprietan sus gargantas insolentes una y otra vez.  Una y otra,  y más…más. 

     Por fin, ellas obedecen.         

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