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Noviembre con tu espacio literario

Noviembre con tu espacio literario

Cuento

La Comunión

Autora: Anna Donner

 

 

            El apuntador da la señal y hacen su entrada al escenario primero y por la derecha las soprano y las contraltos-altas, después y por la izquierda las contraltos-bajas y los tenores y  el director y músico, dejando en el medio quizá un vacío o vanidoso y presuntuoso hueco. Un foco  iluminaba aquel espacio, el otorgado a la elegida que daría voz al poema de su autoría en aquel festival internacional de canto latinoamericano en el que participaban brasileros, argentinos, uruguayos y mejicanos en la capital de la vecina orilla.

            El teatro recién construido, sobre las ruinas de lo que fuera la sede de la mutual AMIA, habiendo sucumbido a la explosión destinada especialmente a cierto grupo o etnia sin otro cometido que apagar el fuego de su luz per se, y muertos hubieron de todas las razas, personas que se habían despedido a la mañana como cualquier otra mañana sin tan siquiera poder llegar a suponer que aquella sería la última despedida y que aquel sería el último día en el mundo.

            Con la intención o voluntad de calmar los nervios y con el afán de intentar localizar o encontrar las prendas que luciría en aquella noche, su noche, las horas previas había tomado el subte B en la estación Almagro seducida por  ese olor a estación vieja y ruido a tren desplazándose, desde el andén situado todavía del lado que irremediablemente quedaban divididos los que se iban en los trenes a Federico Lacroze de los que se iban en los trenes a Leandro N. Alem. Había descendido en Pueyrredón, un poco más allá del “Abasto”, con el anhelo de caminar al aire libre y no por uno más de los shoppings de la Reina del Plata subyugándose siempre al deambular por las aceras de Buenos Aires eligiendo extasiada aquella remera que costaba menos que un boleto de ómnibus en Montevideo de uno de la fila de comercios que eran tentación.

            Tomó nuevamente el tren en Callao mientras pensaba si debería de haber cruzado o no Corrientes, dudando de si ya los andenes estarían en el medio, o si sería indistinto bajar a la estación por cualquiera de las veredas de la avenida. Sin embargo sí sabía que su próximo destino, Florida, no dividía a los que iban de este a oeste, o de norte a sur, de los otros, depende de cómo se mirara el mapa, siguiendo aquella costumbre de ubicarlo con una falsa orientación… quizá la ciudad  estaba ofendida y le daba la espalda al río, mientras que  Montevideo lo ofrendaba y le abría los brazos.

            En uno de los elegantes locales de “Galerías Pacífico”, extasiada había dado con las prendas soñadas, si bien el uniforme del coro de las mujeres consistía en una blusa lisa con la salvedad de la libre elección del color pero de corte similar, aquella como casi al descuido la iba a destacar, tenía un escote cruzado casi cercano a un kimono y mangas amplias que terminaban en un puño angosto de color coral, y aquel pantalón negro, aunque ella se habría puesto otra cosa pero la orden era irrefutable, pantalón negro, y calzado también negro. Y allí estaban el pantalón de lycra que le dibujaba la cintura grácil delineándole la figura acompañado por los stilettos con forma góndola veneciana.

 

            Disimulando los nervios que la consumen y luego de que todos ocupan sus correspondientes lugares en el escenario, sube y se coloca debajo de aquel foco llevando consigo el poema que prolijamente había pasado en limpio. No habría presentación, según lo acordado entre todos vendría el poema seguido de la interpretación de “El Pianista” de Jorge Drexler y finalmente se anunciarían. El músico director la mira como preguntándole si está lista y ella le devuelve como respuesta un breve descenso de cabeza con un movimiento imperceptible salvo para el músico y para ella, estableciéndose así entre ellos una complicidad quizá casi secreta.

            Es entonces que la guitarra comienza a hablar con las cuerdas, y el público aguarda expectante en medio de aquel silencio casi sepulcral. Ella se acerca al micrófono, y con una voz un tanto aniñada, se arma de valor para recitar ese poema que todos por unanimidad habían elegido para ser representados. A medida que va soltando cada palabra se afirma, apoya la voz y puede articular y vocalizar cada letra, sin mirar a la gente sólo ve al ras el colchón de cabezas, y las luces, Nerviosa como aquella oportunidad en que acompañó a los músicos con un solo de flauta dulce, ¿Y si le temblaba un dedo? Un mínimo movimiento o de más o de menos para que el agujero de aquella flauta o se destapara cuando debería estar tapado, o viceversa, la intensidad del soplido, el regulado de la salida del aire, cualquier falla y la nota sonaría mal.

 

            Los aplausos del público fueron ya no de aprobación sino embelesamiento. —¿Es de tu autoría? —le preguntarían más tarde, cuando ya el espectáculo hubiera culminado y todos estuvieran bajando la escalerilla del escenario, —Tú sos un ángel y yo soy una sobreviviente- le dirían, querrían tocarla y ella que no sabría si estaba soñando en medio de un cúmulo de desconocidos, que la felicitaban a rabiar, o si aquello realmente sería cierto y después de todo nada menos que en el extranjero el público la ovacionaría.

 

            Culminada de la lectura el coro en una ciudad que no era la suya interpretó con un papel arrabalero un tango, con uno murguero un canon, sin faltar en el repertorio una canción en Yidissh. La ubicaban irremediablemente entre las soprano y las contraltos –altas porque las otras decían que se “iban” con las de al lado y ella era mezo soprano, a veces cantaba con las soprano y a veces cantaba con las contralto altas con el cometido de apoyar y tapar las distracciones de las demás que no prestaban atención en los ensayos a los arreglos, a pesar de que el director perdía la compostura tratando de disciplinarlas una y otra vez haciendo el acorde con la voz y marcando con la guitarra las notas siendo aquello misión inútil, cuando el arreglo debía finalizar una octava más alta seguían equivocándose, resultaba imposible hacerlas prestar atención exaltadas concretando quizá una salida a la noche con amigos o comentando acerca de la organización del siguiente evento para recaudar fondos.  Sabía que irremediablemente tarde o temprano las dejaría, jamás mejorarían.

 

            Se contemplaba adentro del plasma que pendía de la pared azul de su dormitorio, ahí estaba recitando y al costado del escenario una pantalla plana la replicaba en exacta simetría axial, como una suerte de trascendencia, como cuando comenzó a trazar , en una hoja de 1/8 watman un esbozo de lo que luego se transformaría en unos labios delineados, un trazo apenas insinuando de una pupila y un iris que luego finalmente quedarían definidos por los claroscuros y las cercanías o lejanías de acuerdo a los blancos y negros, a las alegrías o tristezas, a la elección de una gama cálida de rojos, amarillos y naranjas, o una fría de azules y verdes, o quizá como estableciendo un antes sólo el azul, amarillo y rojo, como antes de que se mezclaran en el mundo los habitantes de las zonas gélidas con las tropicales, antes de que hubiera caucásicas en otro lugar que no fuera Europa del norte.

 

            Mientras el acrílico secaba era que se desplazaba hacia la banqueta redonda, la giraba a la exacta altura para poder oprimir el pedal que haría perdurar el sonido, abría la tapa del piano y tomaba asiento irguiéndose con la espalda derecha y las manos arqueadas con los dedos en la posición exacta para así comenzar a oprimir con los ojos cerrados las teclas blancas y negras, a veces casi como un susurro, a veces casi como un grito, y entonces el sonido embriagaba todo el ambiente como un incienso de vainilla perfumando con acordes que reían o que lloraban. Y en el instante en que el dibujo que la retrataba quedaba listo y cada pared se había impregnado de dulzor se dirigía al escritorio y en medio de libros abiertos y subrayados, en medio de un taco que anunciaba los próximos vencimientos de los gastos comunes y la contribución inmobiliaria, era que ella abría el laptop con la secreta esperanza de encontrarlo, como venían encontrándose desde el día en que se habían conocido, con algunas interrupciones pero siempre sincronizados.

 

 

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