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El ensayista recuerda su visita a Buenos Aires en 1978. Critica al chavismo y a la izquierda de su país.

El ensayista recuerda su visita a Buenos Aires en 1978. Critica al chavismo y a la izquierda de su país.

 Selec. Nurit Mileris

A fines de los años setenta, la izquierda radical entró en crisis. En Europa, las Brigadas Rojas intentaban la experiencia de la lucha armada en el Primer Mundo; en Camboya, la revolución de los Jemeres Rojos se saldaba con tres millones de muertos. En esta parte del mundo, Montoneros emprendía su contraofensiva contra la dictadura de Videla, que terminaría con su aniquilación.

En ese contexto, algunos intelectuales de izquierda empezaron a buscar un nuevo marco de pensamiento. Libro clave de esa búsqueda fue La barbarie con rostro humano (1977), de Bernard-Henri Lévy. Entre la lluvia de críticas que recibió aquella denuncia del optimismo filosófico, que justificaba todos los crímenes en nombre del paraíso socialista futuro, una voz afín, la de Michel Foucault, sintetizó: “Lo que se ha vuelto problemático hoy”, dijo el autor de Vigilar y Castigar, “es lo deseable mismo de la Revolución”.

Bernard-Henri Lévy retoma ahora esa discusión con L’Esprit du judaïsme (El Espíritu del judaísmo), su último libro, que aborda un hecho quizá sorprendente, pero bien documentado: para muchos, el pensamiento judío –más allá de la práctica religiosa del judaísmo o de la fe en un Dios– operó como un antídoto contra la concepción totalitaria de la Historia.

Testigo privilegiado de aquella crisis política e intelectual, convertido en la más reciente encarnación del proverbial intelectual a la francesa, tan cómodo en su biblioteca como en el campo de batalla –estuvo como periodista en Bangladesh, Bosnia, Darfur y Libia, y hasta viajó semiclandestino en la Argentina en 1978 para realizar un reportaje sobre la represión militar–, Bernard-Henri Lévy sostiene que el pensamiento totalitario está de vuelta en 2017 con nuevas caras: el neoimperialismo de Putin, el fascismo religioso de ISIS, la extrema derecha de Donald Trump o el populismo autoritario de Nicolás Maduro. “Es lamentable”, dice, en la entrevista telefónica, “pero a la hora de designar a los enemigos actuales de la democracia, las opciones sobran”. Son algunos de los temas de la charla que dará el próximo viernes 21 en el Polo Científico Tecnológico, en el marco del ciclo “Ideas. Pensemos juntos el futuro”, organizado por el Ministerio de Cultura de la Nación.

Para Lévy, en la que considera su lucha personal, la matriz del pensamiento judío sigue siendo un arma intelectual eficaz contra el totalitarismo; lo que explicaría, a su vez, la persistencia del antisemitismo.

–En L’Esprit du judaïsme,usted sostiene que el antisemitismo es una locura que tiene el don de encontrar discursos que la hacen parecer razonable. ¿Cuáles serían esos discursos hoy?

–En la época en la que el cristianismo dominaba, el discurso que parecía racional era aquel que culpa a los judíos del crimen de deicidio; durante la Ilustración, era el discurso que los culpaba de haber engendrado al cristianismo. El socialismo culpó a los judíos de ser el corazón del capitalismo. Hoy se racionaliza el antisemitismo ligando a los judíos a un Estado demonizado, considerado como una aberración histórica, el Estado de Israel. Cada época tiene su máscara de racionalidad para un delirio que no cambia.

–De acuerdo, pero ¿no se da también el procedimiento inverso, el de invocar el antisemitismo para neutralizar críticas racionales al estado de Israel? Le doy un ejemplo: el escritor norteamericano Reza Aslan decía hace poco que la política de asentamientos judíos en Cisjordania ha vuelto imposible, en la práctica, la creación de un Estado palestino. Esa afirmación fue criticada por algunos como antisemita.

–No conozco a la persona que usted cita, pero ¿la solución de dos Estados se ha vuelto imposible? Yo no creo que sea así. Creo que la política de los asentamientos no es buena, estoy en contra; pero no pienso que signifique un obstáculo irreversible para la paz con los palestinos, siempre que ambas partes la deseen realmente, en particular los mismos palestinos. Creo que esa solución sigue siendo posible.

–Usted asegura que haber encontrado en el judaísmo un marco filosófico que le permitió salvar el pensamiento de izquierda, liberándolo de la idea de Revolución. ¿El pensamiento judío sería, en su matriz, antitotalitario?

–Sí, yo pienso eso. Porque es una tradición antidogmática: una tradición crítica, que no acepta ninguna verdad que no esté destinada a cuestionarse, y cuyo sentido no esté destinado a tensarse. En este sentido, el pensamiento judío, en especial en la tradición talmúdica, es un antídoto contra la tentación totalitaria.

–Sin embargo, el primer genocidio se encuentra en la Torah: en el Deuteronomio, Yavé ordena al Pueblo Elegido aniquilar sin compasión a hititas, amoritas, cananeos, heveos y jebuseos. ¿Cómo hay que interpretarlo?

–Como lo interpretan todos los judíos del mundo: es decir, no en sentido literal. Lo característico de la tradición del estudio de los textos judaicos es, precisamente, que el sentido literal nunca es la verdad última de un texto. Es la lección del Talmud, la lección de Rashi y de todos los grandes filósofos judíos.

–Justamente, usted coloca a Rashi, figura poco conocida, en el origen de la lengua francesa: como para mostrar que el judaísmo, lejos de ser ajeno a Europa, contribuyó a formarla…

–Rashi fue un viñador francés del siglo XI y también uno de los mayores comentaristas de los textos judíos, tan importante como Maimónides o como los talmudistas modernos. Escribía en hebreo, pero hablaba en francés; y por eso el primer documento que existe en lengua francesa es la transcripción del hebreo escrito por Rashi. En una época en la que los pocos letrados escribían en latín, y sólo acerca de problemas teológicos, Rashi escribió sobre cuestiones cotidianas, en el francés del pueblo, sólo que en caracteres hebreos. El hebreo de Rashi es un memorial donde se conservan las primeras palabras de los primeros franceses.

–En su libro emplea, como parte de ese pensamiento judío que serviría como antídoto antitotalitario, un símbolo: Nínive, la ciudad a la que Dios perdona sus pecados porque no sabe distinguir el Bien del Mal…

–Para mí, Nínive representa a aquel que no se me parece: el Otro radical. Aquel que en tiempos de paz podría ser mi enemigo, y a quien sin embargo debo defender si lo amenaza la muerte. Un Estado que no respeta los principios que yo valoro, pero a la que debo socorrer cuando la amenaza la destrucción: eso es Nínive.

–Hay, quizá, aplicaciones menos terminales de este pensamiento judío. Por ejemplo, usted dice que es lo contrario de eso que los franceses llaman la langue de bois, la lengua de madera, y que en la Argentina llamaríamos sarasa, o hablar para no decir nada…

–La “lengua de madera” es el pensamiento dogmático. El pensamiento prefabricado. El pensamiento osificado. El pensamiento que no piensa más. Y todo eso es lo contrario del trabajo vivo del pensamiento judío.

La Argentina, el chavismo y Trump

–Dentro de poco usted va a encontrarse en la Argentina, en el marco del ciclo Ideas, con David Rieff, que sostiene una tesis polémica: la memoria colectiva no existe, salvo como instrumento al servicio del poder, que la utiliza la mayoría de las veces para manipular a las masas. De acuerdo con esto, es igual de falaz que los cristianos en Bosnia hayan invocado contra los musulmanes la fecha de 1453 –la caída de Constantinopla–, que ISIS se refiera a los occidentales como “cruzados” y que los colonos judíos en Cisjordania se amparen en textos de 5000 años de antigüedad. ¿Qué piensa usted?

–Pienso que la memoria colectiva puede ser un instrumento de poder, una herramienta en manos de dictadores, es cierto, o de asesinos; pero también puede ser una herramienta preciosa en manos de los pueblos libres, o en manos de los insumisos. Funciona en los dos sentidos. Hay una memoria de la tiranía, y hay una memoria de la lucha contra la tiranía.

–La última vez que estuvo en la Argentina fue en 1978. ¿Qué lo trajo acá?

–Lo que me trajo fue la voluntad de ver con mis propios ojos y entender con mi propia inteligencia el horror de la dictadura de Videla, Massera y los otros. Con la excusa de cubrir el Mundial de Fútbol, vine para hacer un reportaje sobre las violaciones a los derechos humanos. Lo hice en condiciones difíciles, ya que había sido identificado como “agente subversivo”; me detuvieron al bajar del avión, me retuvieron durante 48 horas y al fin me autorizaron a quedarme, pero bajo vigilancia. A pesar de todo, logré hacer ese reportaje, que se publicó en Francia y EE.UU.. Fue toda una lección: la policía política, por un lado, suele ser más terrorífica de lo que uno imagina, pero también menos eficaz de lo que se cree. Los agentes de la SIDE encargados de vigilarme no pudieron impedir que escribiera aquel reportaje, que hizo bastante ruido.

–A su regreso fue entrevistado por la televisión francesa. Ahí contó, entre otras cosas, que en Buenos Aires se entrevistó con un empresario que, en privado, hablaba con horror de la dictadura, pero en los medios se presentaba como uno de sus paladines. ¿Puedo preguntarle quién era?

–No.

–¿Tiene una imagen de la Argentina que va a encontrar, tanto tiempo después?

–No, pero este viaje me emociona mucho. Para mí es una cita de la vida. Creo que cuando llegue, antes de encontrarme con nadie y antes de decir nada, quiero volver a ver ciertos lugares que están en mi geografía íntima de Buenos Aires: lugares que para mí son magnéticos, de un magnetismo terrible, claro, pero quiero volver a verlos. Digamos que en Buenos Aires tengo cita con algunos vivos y con muchos muertos.

–En los últimos tiempos usted escribió mucho sobre Venezuela. ¿Por qué cree que a la izquierda democrática, como la de Jean-Luc Mélenchon en Francia, le cuesta tanto reconocer el derrumbe de la democracia en ese país?

–¡Porque no es la izquierda democrática! Mélenchon representa a la izquierda totalitaria, que tiene, por otra parte, una proximidad ideológica inquietante con la extrema derecha. Así que no tiene nada de sorprendente que esa izquierda se reconozca en el proyecto neo-bolivariano, dado que, en el fondo, elige como modelo a una izquierda represiva. Para mí el chavismo no es la izquierda; la izquierda es su fantasma.

–De acuerdo, pero incluso gobiernos democráticos de centroizquierda o de centroderecha se cuidan de calificar al régimen de Maduro como una dictadura, a pesar de la disolución del parlamento, la persecución a la oposición o el sometimiento del poder judicial. El único que lo hizo hasta la fecha es Macron.

–Bueno, ya es uno. Y no es el jefe de Estado menos importante, ni el menos brillante. Y Francia es un gran país. Prefiero que esa denuncia la haga el presidente de Francia antes que el primer ministro del Principado de Andorra. Yo espero que cunda el ejemplo de Macron. Y espero que su declaración avergüence –ya lo hace– a todos los que se niegan a ver la infamia del régimen de Maduro.

–Francia es un gran país, de acuerdo, pero entretanto otro país importante, Estados Unidos, deriva hacia la extrema derecha…

–Sí.

–Usted dice esperar que esa deriva sirva para despertar a Europa. ¿Cómo sucedería eso, en concreto?

–Mire, cuando uno comprende que su aliado más importante, aquel en quien confiaba para garantizar su seguridad, se aleja; cuando entiende que sigue siendo su aliado, pero un aliado que ya no se le parece, y que quizá un día podría traicionarlo, entonces uno se las arregla solo y empieza a pensar cómo organizar su propia seguridad. Lo que podemos considerar como una pesadilla para Estados Unidos puede tener ese efecto positivo marginal: obligar a los europeos a asumir no sólo su propia seguridad, sino su propia soberanía. Donald Trump puede ser la oportunidad para los europeos de entender que hay también una soberanía política a inventar.

–¿Qué representa Trump para usted, en el plano político y filosófico?

–Trump encarma una categoría filosófica muy importante: la estupidez. Gilles Deleuze decía que hay una ontología de la estupidez, y que la estupidez le resultaba una categoría más grave y más interesante que el error. Si hubiera que escribir una ontología de la estupidez, llevaría en la portada un retrato de Donald Trump. Por lo demás, creo que es un avatar de esa política populista cuyos rasgos más marcados son el odio a las élites y la desconfianza hacia el Otro.

Bernard-Henry Lévy en el encuentro “Ideas. Pensemos juntos el futuro” Lugar: Centro Cultural de la Ciencia (Godoy Cruz 2270, CABA).

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