Menu

Bojorito ZL

Bojorito ZL

— (Z'L) — FALLECIÓ EL DÍA 01 DE OCTUBRE DE 2017.— LA COMISIÓN DIRECTIVA DE LA COMUNIDAD ISRAELITA SEFARADÍ DEL URUGUAY, PARTICIPA CON PROFUNDO DOLOR EL FALLECIMIENTO DEL PADRE DE NUESTRA QUERIDA MÓNICA (INTEGRANTE DE LA COMISIÓN), ACOMPAÑANDO A TODA SU FAMILIA EN ESTE TRISTE MOMENTO. 

DAVID ACHER-PRESIDENTE, GABRIELA NAJSON-SECRETARIA. 

Homenaje a mi abuelo Elías ( Bojorito) ZL


Por Lic. Ruth Roizner Selanikio, CCIU. 



Nacido y criado en hogar de inmigrantes sefardíes provenientes de Turquía. Su papá Alejandro Selanikio Vilnú, se embarcó y vino solo desde allí con 12 o 13 años de edad como polizón y arribó al Río de la Plata, específicamente en tierras uruguayas. Cuenta que su padre hablaba el griego, el turco así como el español. Además, a esa edad ya se conocía con su futura mujer (su futura mamá Sarina Hanna), ya que acostumbraban a conocerse a muy temprana edad, rondando la época de la bar/bat mitzvah, que por aquellos tiempos no se festejaban. Sobre todo si se trataba de judíos pobres, como lo eran en ese entonces los judíos turcos en general, no era posible realizar una fiesta como celebración de la bar/bat mitzvah.

Hizo primaria en la Escuela Portugal de 2º grado, sobre la calle Sarandí y Maciel. El profesor Nelson Pilosof fue uno de sus compañeros de clase durante esos años. Cursó hasta 5to. de escuela, ya que en su casa hacía falta que los chicos trabajen. Los más tiernos recuerdos de Elías se remontan a cuando tenía 6 años, donde acompañó a una persona inválida que trasladaba una cesta de bizcochos desde la panadería hacia una escuela que se situaba a dos cuadras de donde se encontraban. Luego, a los 7 años hace memoria de uno de sus años escolares “por dos centésimos que equivalía a un vintén mis padres me mandaron a una escuela desde las 8 a las 17 horas, ubicada en el Prado en el cual recibía un almuerzo, que solía ser el mismo plato día a día”. Piensa en los jóvenes del S. XXI y dice “yo me río de la juventud de ahora, que dicen que están prohibidos de muchas cosas, ¡si supieran lo que era antes!”. Mi abuelo proviene de una familia numerosa, eran seis hermanos varones y una mujer. Otra anécdota de su niñez, rememora cuando sintió a las murgas cantar y se dirigió al tablado, allí le vendieron un número de rifa para los sorteos que tenían lugar al final del espectáculo. Se quedó hasta muy tarde y ganó una lata de aceite de 2 litros. Cuando regresó a su casa su padre casi lo mata, pero Elías le mostró la lata que había ganado, y así lo perdonó.

En otra ocasión comparte“me encontraba en Colón y Sarandí, en la puerta de mi casa jugando con una pelotita de ping pong (esa blanquita). Recuerdo tenía 10 años, entonces la tiraba hacia la pared desde la calle, picaba y la agarraba. De repente vino un policía y me la pidió. Se la di y me llevó a la seccional primera. ¿Por qué? Porque no se podía jugar en la calle. Uno de los policías de la seccional primera le dijo “(…) si gritás Viva Peñarol te dejo ir”, como yo era de Nacional le dije que no, y entonces  me tuvo sentado en la oficina toda la tarde. Y fue así que me demoré en llegar a casa. Cuando llegué, mi papá me preguntó por qué me había demorado, y luego me corrió con un palo por haberlo hecho”.

A sus 20 años cuenta “busqué una novia y me casé”. Compartieron 60 años de casados. “La conocí en un club turco, en una noche de baile” en la Ciudad Vieja, acompañada de su hermano Alberto Levy y su madre Alejandra Bonavida. Con los años, se convirtieron en campeones bailando la raspa, junto a su mujer Mary Levy Bonavida. Antes cuando salían de novios, se encontraban en la casa de ella junto a su suegra. Nunca permanecían solos. Cuando su suegra estaba muy enferma, mi abuelo tenía la costumbre de seleccionar las manzanas más rojas y deliciosas, que al rozarlas en la tela del pantalón quedaban bien brillosas y la hacían muy feliz.

Nos comparte una de sus recetas para compartir tantos años juntos de esta historia de amor. “Una noche discutimos, y yo había escuchado en la radio el día antes que cuando uno discute con su pareja, alguien tiene que salir, porque si una de las personas se va, ¿la otra persona con quién va a discutir? ¿Con la pared? No puede. Entonces le dije ahora vengo, abrí la puerta y me fui”.

“Desde chico trabajé. Hay que trabajar decía mi viejo: yo no quiero ni médicos ni abogados". A lo que mi abuelo contestaba “usted manda jefe”. Este lugar en el que siempre se desempeñó era uno de los puntos referentes en Ciudad Vieja, el “Almacén del Bojorito”, propiedad de don Alejandro Selanikio y su esposa Sara Hanna. Alejandro les decía a sus hijos: allá tienen el camión, vayan al mercado, compren y vendan en cualquier lado. Y así hizo Elías primero junto a sus hermanos y luego como dueño del almacén. Estaba ubicado en la calle Sarandí N° 300 esquina Colón. Su padre era conocido como Bojorito, y eso ¿por qué? Como el mismo explica, “mi viejo era Bojorito. Bojor se le llama al hijo mayor de la familia y como él era bajo de estatura le quedó Bojorito”. Luego este nombre lo heredó Elías como sucesor del almacén.

Los productos que disponía el almacén iban desde almendras, avellanas, castañas, nueces, pepitas, ciruelos, damascos, dátiles, porotos blancos, “bamias” o "chaucha turca" (de tamaño muy pequeña, que en su época ya se vendía en pequeñas cantidades ya que era muy cara), halvá, aceitunas verdes y negras (venían en barriles de madera de 70 a 80 kilos), arenques y anchoas, fruta seca, higos, piñones hasta tanques de querosene, alcohol y aceite que ensuciaban muchísimo las manos.

Durante sus jornadas de trabajo aprendió términos útiles del idioma inglés, en sus propias palabras “como teníamos el almacén en la aduana, venían algunos americanos e ingleses que querían comprar algo y decían: how much? Y yo les respondía tantos dólar”. El hermano mayor era quien iba muchas de las veces al mercado, pero luego también iba él a la una de la madrugada para aprovisionar el puesto de frutas y verduras. Antes no había las bolsas de nylon de 1/4, 1/2 y 1 kilo de ahora, sino que se recurría a pesar la cantidad solicitada en papel de astrás con balanza de dos platillos y sus correspondientes pesitas de bronce antiguas, ya fuera azúcar, harina, fideos, arroz, etc. todos productos que se vendían “sueltos”.

Recuerda entre sus clientes al Sr. Albano, el doctor Víctor Soriano quien muchas veces concurría en búsqueda de los diferentes productos importados, el Dr. Alberto Abdala (ex vicepresidente de la República, alias el turco), el Sr. Galindos (era el más joven de los tres hermanos), “quién me enseñó a jugar al billar” y tantos otros vecinos de la Ciudad Vieja. A su vez ellos también lo mantienen en el recuerdo, como mencionan en el grupo de Facebook “Ciudad Vieja te quiero”: María Del Carmen Estevez-Marzol “Lo que hemos comprado ahí...ni se sabe, día a día por años”.

Enviar comentario sobre la nota al Director...

Su Nombre: *


Su Email: *


Asunto: *


Sus Comentarios:


Más en esta categoría: « Jatimá Tová Imagen »
volver arriba