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Leibniz o la armonía preestablecida en tiempos adversos

Leibniz o la armonía preestablecida en tiempos adversos

Roberto Breña:
El contexto general en el que nació no fue el más favorable ni el más auspicioso: la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) estaba a dos años de concluir. El Sacro Imperio Romano Germánico, el cual, como se dice a menudo lúdicamente, tenía poco de sacro, de imperio y de romano, vivía tiempos aciagos. En una historia de por sí complicada, el final de la Guerra de los Treinta Años es uno de los puntos más bajos del Imperio: el territorio que ahora es Alemania había sido el escenario de un conflicto bélico que lo había dejado en una situación muy desfavorable. Formado por más de trescientas entidades políticas muy diversas en términos de tamaño, población, capacidad económica y relación con el emperador, “Alemania” surge de la guerra como un imperio muy tocado en lo económico y en lo social. En el ámbito internacional, la célebre Paz de Westfalia representa un episodio central en la historia de la diplomacia europea, pero el Imperio surge de ella resquebrajado y débil, pues queda a la sombra y a merced de las dos potencias de la época, Francia y Suecia. Este hecho no anuncia más que más divisiones al interior de un Imperio de por sí dividido en lo religioso (entre protestantes y católicos) y en sus relaciones diplomáticas, pues al oeste está la católica Francia y al norte la Suecia protestante. En el plano intelectual, la falta de una ciudad capital y la  pluralidad política tiene entre sus implicaciones que se desperdigan esfuerzos y se duplican funciones. Fue en esta “Alemania” arruinada y dividida que nació Leibniz. A juzgar por un texto que escribió cuando tenía treinta y cinco años, en 1681, titulado “Consideraciones acerca de la situación actual del Imperio”, a más de tres décadas de concluida la Guerra de los Treinta Años, la situación política, diplomática y militar del Imperio era tan adversa como al final de ese conflicto.1

En 1661 comienza para el joven Leibniz una de las carreras académicas más precoces de las que se tenga noticia. Ingresó a la Universidad de Leipzig en ese año para estudiar historia y filosofía. Dos años después estudió jurisprudencia en Jena y a su regreso a Leipzig decidió seguir sus estudios de derecho. La universidad de la ciudad, sin embargo, le niega el doctorado (muy probablemente por su corta edad) y Leibniz tiene que obtenerlo en la Universidad de Altdorf, cerca de Nuremberg; tenía entonces solo veinte años, pero voluntad suficiente como para decidir nunca más vivir en su ciudad natal a causa el rechazo que había sufrido en la universidad. En 1670, con apenas veinticuatro años, es nombrado consejero en la corte del Elector de Maguncia. Se inicia así una carrera política y diplomática que no terminará sino con su muerte, cuarenta y seis años más tarde. A lo largo de ella, además de consejero, Leibniz fue también bibliotecario de la Casa de Hannover e historiógrafo de la Casa de Brunswick.

Leibniz nunca se casó y esto le permitió alternar su vida entre las responsabilidades político-administrativas y las labores intelectuales. Sus intereses prácticos y teóricos parecían no conocer límites: escribió textos de física, mecánica, geología, mineralogía, matemáticas, óptica, derecho, jurisprudencia, lingüística, medicina, lógica, metafísica, epistemología, ética, teodicea, teología, salud pública, estadística, historiografía, historia diplomática y política. Para darse una idea de su capacidad de trabajo, baste mencionar que la edición de sus obras completas, que empezó a preparar la Academia de Berlín en 1923 y que todavía no termina de ver la luz, contará con al menos setenta volúmenes. Muchos de ellos se ocuparán de la correspondencia de Leibniz; una de sus actividades principales y preferidas, como lo prueban sobradamente los más de 1,000 correspondientes que tuvo y las más de 16,000 cartas conocidas hasta la fecha que salieron de su pluma. Esta correspondencia incluyó a sabios de la talla de Spinoza, Hobbes, Malebranche y Bossuet, pero también soberanos, princesas y electores.2

En cuanto a las aportaciones de Leibniz al conocimiento y tomando en cuenta su enciclopedismo, todo depende del ámbito en el que concentremos nuestra atención. Si nos referimos a las matemáticas, sin duda su gran descubrimiento es el cálculo infinitesimal. Un hallazgo que en los anales de la ciencia comparte con Newton, quien, en lo que respecta a la polémica que suscitó la paternidad de dicho hallazgo fue declarado vencedor por…la Royal Society. Los científicos de la actualidad no han podido dilucidar del todo esta cuestión, pero tienden a coincidir en que la metodología leibniziana y los algoritmos empleados por él son superiores a los de Newton.

Más allá de esta polémica, el ámbito en el que Leibniz es más conocido y en el que se funda sobre todo su reputación es en el campo de la filosofía. Conviene apuntar que en su tiempo este término comprendía aún a prácticamente todo el conocimiento humano. Aquí, sin embargo, me refiero sobre todo a la metafísica, la epistemología, la ética y un área de la filosofía que Leibniz bautizó con el nombre de “teodicea”, la cual, ateniéndonos a lo que se puede considerar el subtítulo del único libro publicado por él en vida (Ensayos de teodicea, 1710), se ocupa básicamente de la bondad de dios, de la libertad del hombre y del origen del mal.3 En la obra de Leibniz, todas sus especulaciones filosóficas terminan por estar subordinadas, por decirlo así, a la que se puede considerar su idea matriz: la armonía preestablecida; una teoría según la cual Dios ha creado las sustancias de tal suerte que la evolución de cada una está en absoluta armonía con todas las demás (como si hubiera una comunicación permanente entre ellas, aunque en realidad no están conectadas de ningún modo). Esta fue la propuesta de Leibniz al ingente problema filosófico de la comunicación de las sustancias, que tantos quebraderos de cabeza le causó a Descartes, a Spinoza y a Malebranche, entre otros.

Desde Del arte combinatoria (1666) hasta la Monadología (1714), pasando por el Discurso de metafísica (1686), el Sistema nuevo de la naturaleza y de la comunicación de las sustancias (1695), los Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano (1703) y la ya mencionada Teodicea (1710), Leibniz construyó un imponente edificio filosófico que tiene uno de sus fundamentos en la armonía universal que se deriva de la doctrina de la armonía preestablecida.4 Esta doctrina, que desemboca en la noción del mejor de los mundos posibles, fue objeto de constantes burlas por parte de Voltaire; sobre todo en su novela Cándido o el optimismo, publicada en 1759.

Para la armonía prestablecida, todas las sustancias, las percepciones, las memorias y los espíritus dotados de razón (las mónadas, en suma) están reguladas por Dios, que solo puede querer lo mejor, lo más armónico. La libertad del hombre consiste en reconocer y admitir este orden que regula al mundo y que solo pudo haber provenido de un ser infinitamente perfecto, que es Dios mismo. La armonía universal y Dios terminan por confundirse en el pensamiento leibniziano; dicho más adecuadamente, la armonía universal hace evidente y necesaria la existencia de Dios, cuya sabiduría y bondad le hicieron escoger el mejor de los mundos que estaba en posibilidades de crear. Se trata de un orden divino, que es a la vez un orden metafísico y un orden moral, es decir, humano. Cabe añadir que el universo de Leibniz, aparentemente obsesionado por Dios y su sabiduría infinita, es tremendamente racional, lo que termina por disolver el mal (o, más bien, hacerlo perfectamente comprensible) y conduce a un optimismo metafísico y moral. Para Leibniz, sabiduría y felicidad eran prácticamente sinónimos. En todo caso, para él vivimos, a no dudarlo, en el mejor de los mundos posibles.

Las mónadas leibnizianas, esas unidades mínimas inmateriales tan difíciles de aprehender pese a la brevedad y aparente claridad de la Monadología, nunca gozaron de mucha aceptación filosófica. Sin embargo, la idea de un conocimiento humano susceptible de alcanzar la perfección a través de la razón que Dios proporcionó al hombre, así como la idea de un orden divino que representa el mejor de los mundos y cuya finalidad moral o virtuosa es evidente, ejercieron un influjo notable a lo largo del siglo XVIII. La permanente oposición de Leibniz a Descartes y al cartesianismo no evitó que el propio Voltaire terminara por reconocer en el filósofo alemán al “sabio más universal de Europa”. Esto, a pesar de que la obra de Leibniz que se difundió por el Imperio y por algunas ciudades cultivadas del resto de Europa durante el siglo ilustrado fue la versión tergiversada, tamizada y acartonada de otro pensador alemán, Christian Wolff, cuya reputación actual se limita casi por completo a haber sido el difusor-manipulador de la obra leibniziana. Fue bajo este ropaje wolffiano que el racionalismo de Leibniz entroncó con el racionalismo del Siglo de las Luces; una centuria que, se olvida a menudo, apenas comenzaba cuando Leibniz murióRoberto Breña

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