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Cae Alepo. ¿Es la dictadura de Bachar el Asad la mejor opción, dentro de la desgracia?

Cae Alepo. ¿Es la dictadura de Bachar el Asad la mejor opción, dentro de la desgracia?

La resistencia de Alepo se desploma

de Política exterior

Es la dictadura de Bachar el Asad la mejor opción dentro de la desgracia?

Tras haberse asegurado el control de las cuatro principales ciudades sirias y la mayor parte del oeste del país, donde vive la mayoría de la población siria, las fuerzas leales al régimen de Bachar el Asad ultiman el asalto final de Alepo, donde a los rebeldes ya solo les queda un mínimo reducto de resistencia en los barrios del sureste de la ciudad.

Los yihadistas de Jaish al-Islam aseguran que combatirán hasta derramar la “última gota de sangre”, pero el suyo será un sacrificio inútil. Nadie espera ya ayudas militares a los rebeldes, que en las actuales condiciones solo prolongarían la guerra sin cambiar su trayectoria. Para los rebeldes no islamistas, una rendición negociada es mejor que una destrucción absoluta como la que les anuncian los folletos que llueven sobre sus últimos bastiones.

Aunque la toma de Alepo no acabará con la violencia, con su caída el régimen de Damasco inclinará definitivamente la balanza de la victoria a su favor después de cinco años y medio de guerra. Este desenlace le habría sido inalcanzable sin el apoyo de las milicias chiíes libanesas de Hezbolá, los pasdarán iraníes y los bombardeos aéreos rusos, reforzados en las últimas semanas por el portaviones Kuznetsov, desplegado frente a la costa mediterránea siria.

Un factor igualmente importante ha sido la debilidad del bando rebelde, fragmentado por intestinas rivalidades políticas y sectarias, lo que redujo la relevancia de la –escasa– ayuda occidental en medios de combate. El régimen de El Asad, en cambio, nunca dejó de disfrutar de una abrumadora superioridad aérea que compensó las carencias de su ejército.

La comunidad internacional ni siquiera pudo hacer cumplir las resoluciones 2139 y 2165 del Consejo de Seguridad de la onu que demandaban libertad de acceso a las víctimas para los convoyes humanitarios –bombardeados en algunos casos por la aviación rusa, en claros crímenes de guerra– y el fin del asedio de las ciudades y de los ataques indiscriminados contra la población civil. Esas dos resoluciones fueron las únicas aprobadas en los últimos cinco años en relación al conflicto sirio. En cinco ocasiones Moscú usó su derecho de veto para bloquear resoluciones que hubiesen perjudicado a Damasco.

El resultado de este modo de proceder era previsible: el régimen sirio y sus aliados violaron sistemáticamente las convenciones de Ginebra y el Derecho Internacional empleando bombas de racimo y barriles bomba, torturando a detenidos y atacando instalaciones y objetivos civiles –como escuelas y hospitales– sin valor militar alguno. Su objetivo era sembrar el terror y quebrar la resistencia de los rebeldes.

Todo indica que la aceleración de la ofensiva se debe a la urgencia de El Asad por rematar la tarea antes de que Donald Trump tome posesión el próximo 20 de enero, creando hechos consumados sobre el terreno que hagan prácticamente inviable cualquier opción que no pase por la capitulación de los rebeldes no islamistas, a los que solo les quedarán algunas áreas aisladas en las provincias de Idlib y Homs. El propio El Asad ha declarado que Trump puede ser “un socio natural contra el terrorismo”, dando por hecho que eeuu, Rusia e Irán se pondrán de acuerdo para mantenerlo en el poder

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