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Darío Sztajnszrajber

Darío Sztajnszrajber

Diccionario Polisófico: “B” de Banalidad

Por Darío Sztajnszrajber |

Segunda entrega del Diccionario Polisófico por Darío Zstajnszrajber: ideas-fuerza en el cruce entre política y filosofía. Después de la “A” de Animal, llega la “B”: Banalidad.

Hay siempre un juicio de valor, y mientras se juzgue, se parte de algún parámetro. ¿Pero cuál es el parámetro? ¿Cómo poder, después de Nietzsche, seguir hablando de valores sin por lo menos hurgar la trama de relaciones conceptuales que liga a cualquier valor siempre con algún interés? Y más, cuando el valor se presenta tan puro, tan fálico, tan presente, tan obvio, tan incuestionable, tan económico. Pero nos sigue costando tanto (“costar”) pensar en valores por fuera de la lógica de la mercancía, ya que lo que vale nos expande, por no decir nos arrastra hacia su lugar sagrado. Sagrado, recuerda Agamben, es lo que se separa para ser consagrado a los dioses y se lo retira de su potencial uso humano. Por eso, profanar los valores, restituirlos, disolver sus jerarquías, anarquizarlos, dejarlos caer al abismo que evidencia que los parámetros son siempre como mínimo una anestesia y como máximo voluntad de poder.

Lo peor es que todos los valores en el fondo son éticos. Pueden presentarse como religiosos, utilitarios, familiares, pero todos suponen una concepción del bien y del mal. En el fondo, el gran primer binario, que hace rato ya no es más el ser y la nada, sino el bien y el mal. Dicotomía que ordena y separa incluso lo que es de lo que no es, aunque abre una nueva polémica: ¿por qué está bien el bien? ¿Cómo fundamentar el valor del ético del bien si toda fundamentación ya supone la toma de partido de que el propio acto de fundamentar -y fundamentar así- está bien?

Desde esta perspectiva, en el caso de los valores estéticos nos encontramos con una fuerte falta de jerarquía, como si fueran valores con menor valor. Y aunque a todo el mundo le moleste mucho más que lo acusen de feo que de ser una mala persona, la belleza siempre se presentó como un valor deseado, pero degradado frente al supremo valor del bien. Sobre todo, a partir de la suposición platónica de la equivalencia entre el bien y la belleza que, sin embargo subsumió la segunda a la primera: el bien puede ser feo, pero la belleza para valer no puede carecer de cierto valor ético. Sin embargo, la autonomía de la estética no solo pateó el tablero sino que propició una subversión de los criterios tal que hoy, en tiempos de estetización de la existencia, el bien se vuelve cada vez más una impostura.

¿Es la banalidad un concepto ético o estético? ¿O es tal vez una hendija posible para repensar al límite nuestros valores tradicionales? Si como sostiene Nietzsche, “todo lo profundo ama la máscara”, ¿desde cuál otra máscara desenmascaramos a la máscara en tanto máscara?

Es que tal vez estamos rumbeando por otros itinerarios y partimos de una concepción de banalidad que supone la hegemonía de la ética sobre la estética. Así, la banalización de la política o de la religión o del deporte, o de los vínculos afectivos, es percibida e interpretada como una decaída, como una degradación, como una pérdida de valores. Como si en lo profundo habitara un núcleo duro de verdad que lo humano en su apego por las superficies fuera traicionando. Como si hubiese algo más que interpretaciones, textualidades, bordes, bocetos, aproximaciones. Como si la verdad, no fuera –otra vez Nietzsche- sino un “ejército de metáforas”. ¿Nos liberaremos alguna vez del absolutismo de los valores para empezar a valorar la contingencia de lo que somos? ¿Qué molesta de lo banal? ¿No será que pone en evidencia que la única diferencia entre lo profundo y lo superficial es que los profundos somos siempre nosotros y los superficiales son siempre ellos?

En una primera lectura “banal” parece ser aquello que enflaquece el sentido con el afán de mercantilizarlo. Se lo estiliza, se lo maquilla, se lo masifica para garantizar su explosión cuantitativa, aunque en ese acto va perdiendo lo propio, va abandonando su verdadero propósito. Incluso no tiene que ver con lo popular y menos con la democracia, sino con el intento industrial de convertir cualquier sentido en una mercancía de circulación rápida y efectiva. Así, la tan mentada banalización de la política parece estar apuntando a una conversión de la política tradicional en un asunto mediático cuya primera finalidad parecería consistir en el rating mediático, pero inmediatamente nos alerta sobre la supuesta confusión de ámbitos: ¿vale como participación política ser espectador y tomar partido en los exasperantes debates televisivos de contenido político? ¿O se trata, al revés, de la derrota de la política tradicional convertida ahora en un asunto de guiones previos, roles exacerbados, destrezas retóricas, y espectacularización de héroes y villanos? ¿Pero qué hay de otro lado de la mercantilización? ¿No hay también héroes y villanos? ¿No hay banalidad también en toda evangelización unilineal que renuncie a la potenciación de nuestras dudas, ambigüedades, contradicciones? ¿No es banal quien habla en nombre de la verdad, en nombre del absoluto?

La salida de Roberto Espósito es iluminadora: frente a la crisis de la política tradicional y la aparición de la antipolítica como única alternativa, de lo que se trata es de repolitizarlo todo (todo es político: el aula, el hogar, la calle).

Eso sí; una repolitización que transforme de cuajo el sentido de la política y escinda a la democracia de cualquier absoluto. No es lo mismo democracia y rating. La democracia, como dice Derridá, nunca es definitiva: siempre está por venir.

Por eso, todo depende de cómo definamos el concepto de banalidad. En un segundo sentido, Hannah Arendt nos propone repensar la ética desde otra perspectiva. El bien y el mal ya no son categorías que puedan explicar la ética de nuestros tiempos. Es más; no pueden explicarla porque a la inversa, son cómplices de las peores sujeciones de poder realizadas siempre en nombre del bien y en procura de la disolución del mal. Como sostenía Spinoza, “no queremos las cosas porque son buenas, sino que son buenas porque las queremos”, esto es, siempre vamos a encontrar algún justificativo que constituya en un acto de bien nuestro propio interés. Nadie hace el mal en nombre del mal, sino siempre en nombre del bien, que siempre es su propio bien.

Arendt entiende analizando el caso Eichmann, la falencia (y complicidad) de las nociones éticas tradicionales, y propone por ello como alternativa, el concepto de banalidad del mal. Hay muchos que cometen actos monstruosos sin motivaciones monstruosas, sino impulsados por la más crasa banalidad: un aumento de salario, no perder el presentismo, cumplir una orden, hacer mi trabajo. La escisión entre las causas y sus consecuencias: otra vez, el poder de lo propio. Al interior de mi propio mundo todo adquiere sentido, pero el costo es la negación del otro. De un otro al que siempre justificaremos en su lugar de exclusión. La burocracia en su máxima exasperación: las peores decisiones son tomadas por aquellos que besan a sus hijos, cuidan a sus perros, creen en Dios.

No es asunto del bien y del mal, sino de una máquina tecnocrática que prioriza siempre antes el buen funcionamiento de los que estamos adentro: todo tiene que cerrar, aunque el precio sea que muchos queden afuera del todo. O sea, en la nada.

Por eso, la categoría de la banalidad del mal nos permite dimensionar desde otro lugar la ética de nuestro tiempo. El bien tradicional ya no garantiza nada, salvo nuestra propia buena conciencia. Lo banal se juega entonces en un único lugar: en la justificación del sufrimiento del otro. De nuevo Spinoza; siempre habrá un argumento: que los números no dan, que hasta acá yo puedo, que primero la familia, que hay que premiar al que se lo merece, que no puedo hacerme cargo de todo, que ellos son peores. La máquina tecnocrática es al mismo tiempo una máquina farmacológica que seda y nos entretiene en la construcción de un sentido común que nunca es común, ya que nunca es para todos. Y es que la totalidad, si cierra es entonces para los que quedan adentro; pero si quiere ser para todos, entonces nunca tiene que cerrar.

La banalidad del mal tiene que ver con ese cierre: no se trata de ética sino de economía. En todo caso, la economía construirá siempre su propia ética a su imagen y semejanza. Pero una vez más; la economía también nos constituye, pero lo que no puede es ser totalizante. Se trata de otra concepción del sentido que pueda romper con todo binario y sus totalizaciones; y entender con Emmanuel Levinas, que el bien siempre es del otro. De ese otro que no cierra, que no es un número ni un efecto colateral. Hay un otro que es un otro porque no hay. Y no lo hay porque así se define al otro, como carente de definición, como carente. Su sangría cotidiana es la expresión de nuestra más profunda banalidad.

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