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Brasil, cuidate de tus amigos....

Brasil, cuidate de tus amigos....

Ricardo fleiss

 

Si a las cosas no las llamamos por su nombre no cabe duda que sólo podremos crear confusiones.

El impeachment a Dilma Rousseff no puede catalogarse, desde ningún punto de vista como un “golpe de estado”

Se podrá analizar si fue un juicio justo o payasesco, si ameritaba tal castigo o no, pero lo que no se puede discutir es su validez constitucional.

Tanto la Cámara de Diputados como la de Senadores en Brasil se eligen por voto directo y electrónico, que a diferencia de Uruguay, donde uno vota listas armadas en las internas de los partidos, cada ciudadano elige a su representante. La de diputados de acuerdo a la población de cada estado y la de senadores tiene como representación a tres miembros por estado, independientemente del número de votantes.

El sistema político brasileño está fuertemente fragmentado y por lo tanto las mayorías solamente pueden surgir de complejos acuerdos y, muchas veces, de la decisión de cada miembro de cómo representar a sus votantes, ya que eso le asegura su permanencia política.

No cabe duda que en una sociedad donde la corrupción está profundamente enraizada, pedir que la clase política sea inmaculada se trata, por decir lo menos, de una ingenuidad.

Michel Temer hoy podrá ser la encarnación del diablo, pero fue el compañero de fórmula de Dilma en las últimas elecciones. Si bien tiene total responsabilidad por sus actos, fueron acuerdos del PT lo que lo colocaron en ese lugar.

No se puede imaginar un régimen presidencialista sin un mecanismo de juicio político. Es un instrumento absolutamente necesario para evitar abusos de poder, exceso de atribuciones, etc. etc.  Como contrapartida está el veto presidencial. En primera instancia porque una democracia es un sistema que funciona en base a consensos y debe tener los mecanismos para cuando éstos no se logran.

Entonces, volviendo a nuestro tema, diputados y senadores democráticamente electos, muchos de ellos hasta ayer socios del poder, deciden que debe de haber un cambio de mando. Y buscan, traído por los pelos en este caso, ampararse en un mecanismo previsto por la constitución. Si la sociedad brasileña considera que el proceder ha sido correcto actuará en concordancia en el próximo llamado electoral y si no, sin lugar a dudas, castigará a los que considere la traicionaron. Como en casi todos los parlamentos la votación fue abierta. Cada uno se responsabilizó por lo tanto por su voto.

Pero tampoco fue un golpe porque la dramática fragmentación parlamentaria hace que la votación esté en las antípodas del concepto de golpe.

Que nos queda a nosotros. Observar cómo un sistema, sin salirse de los límites fijados por la constitución (que no es más que el máximo mecanismo de conciliación de una sociedad) puede caer en la arbitrariedad, haciendo de paso el ridículo.

Una democracia no puede concebirse sin la libertad absoluta de cada uno de sus ciudadanos de formar y elegir la fuerza política que considere que lo representa. Pero un sistema político fragmentado genera dificultades en el manejo del poder que bien se ven reflejadas en la (manida)  frase: “un camello es un caballo dibujado por una comisión

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