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12 de Octubre, Día del monstruo de las mil y una máscaras

12 de Octubre, Día del monstruo de las mil y una máscaras

 de Marcelo Marchese

 

Sobrevive en el Amazonas un número felizmente indeterminado de culturas aborígenes sin contacto con el hombre blanco. Saben que encontrarnos sería letal y si incursionamos por aquel territorio abandonan las aldeas ¿Qué visión tendrán del mundo y de nosotros? Sería maravilloso saberlo, pero he aquí que aún más maravilloso sería que no lo sepamos. No recuerdo ahora el nombre de un integrante del Instituto del Indio cuyo objetivo era impedir que se restringiera el área de estas gentes de las cuales sólo sabemos que nos evitan como si fuéramos lo que somos: su muerte. El objetivo de este hombre era lograr que el gobierno brasilero evitara que la industria maderera arrasara sus tierras. En sus expediciones, sumamente peligrosas, intentaba determinar la existencia de estos aborígenes, pero sin contactarse con ellos. Se hacía acompañar por otros recientemente civilizados. Para asegurarse el alimento colocaban unas gotas de jugo de palma alucinógena en los ojos, que permitían descubrir en el follaje el alimento, es decir, los monos. Llegaron por fin a una aldea. El fuego ardía y sobre las brasas se cocían monos. Encontraron pinturas ocres y rojas con las que, es de suponer, se pintaban el cuerpo. Dejaron un hacha de regalo y vaya a saber uno qué habrá sido de esa hacha; si alguno de nuestros desconocidos aborígenes la habrá tocado o si será una pieza de museo. Este hombre en lucha con la industria de la madera, fue separado de su cargo en el Instituto del Indio, que debería rebautizarse como Instituto de la Industria Maderera.
 En la Isla del Sol, en el Titi Caca, viví en una casa de barro. La cama, sobre la cual habían colocado un colchón de lana, también era de barro. En la pared irradiaba un gran retrato infantil con la imagen de Cristóbal Colón. La gente que me alojó hablaba aymara y uno de ellos, castellano, pero si incursionaba por el centro de la isla ya no encontraba quién hablara mi lengua y debía comunicarse por señas y dibujos. Nos separaban no uno, sino miles de abismos y el más infranqueable era mi concepción del tiempo y mi deseo por llegar a algún lugar determinado con la petulante pretensión de conocerlo. Ahora otros idiotas estarán interesados en llegar a esos mismos lugares, con la idea fija de sacarse una selfie para agregar un poco más de vanidad y fealdad al mundo.
En una Iglesia en Santa Cruz caminé escuchando el resonar de mis pasos. Sólo había una india que miraba (la palabra “miraba” es una pobre traducción de lo que allí pasaba) una imagen de la virgen, con el rostro bañado en lágrimas. Por encima del altar, entre los santos, se destacaba por su tamaño un hombre blanco de barba negra, montando un caballo blanco encabritado. Este santo, de mirada como de brasas, con los ojos iguales a los del caballo, llevaba la espada en alto.
En el Chile de la dictadura viví en la casa de un pibe del Partido Comunista, en Valparaíso. El Partido Comunista era, y es, algo poco recomendable para mí, pero este pibe, llamado Fano, era un pibe bárbaro y en el hogar considerado pobre, los descendientes de aborígenes mataron una gallina en mi honor y me alojaron en la mejor habitación. Para llegar a la casa, lo recuerdo bien, debíamos pasar un puente de madera peligroso. En Santiago de Chile me tocó alojarme en una barrio residencial, en la casa de unos universitarios del MIR. Con estos, aparentemente, me encontraba más afín políticamente, pero debía dormir en un sofá.
No tengo cómo demostrarlo, pero tengo la certeza que durante los siglos XVIII y XIX, en la campaña oriental, se hablaba castellano, portugués y guaraní. Cuando con la Reforma Vareliana  impuesta por una dictadura militar creamos este país, le dijimos adiós a la Banda Oriental, al portugués y el guaraní y comenzamos a erigir una visión historiográfica que nos llevaría a festejar el 12 de Octubre como el “Día de la Raza”.
Las religiones, al conquistar nuevas geografías, construían sus templos sobre los cimientos de los templos arrasados y transfiguraban las celebraciones del viejo culto, que participaban del paso a un nuevo período del año como forma de celebrar el eterno rejuvenecimiento de la vida. La religión triunfante alteró la vieja celebración que refería a un concepto y lo clavó en una fecha del almanaque. Los nuevos tiempos exigieron un cambio de nombre a la cosa celebrada el 12 de Octubre.

El Día de la Raza se repliega y deja lugar al Día de la Hispanidad, al día de la Diversidad o al Día de la Resistencia Indígena. Se entiende que no se debe festejar una invasión, sino el respeto por todos, que significa también el respeto a las culturas invadidas y a las poblaciones que fueron raptadas y exportadas para pasar a la categoría de mano de obra esclava. Los gobiernos progresistas adoptan la máscara de la diversidad como mejor manera de arrasar con la diversidad y permitir, como obsecuentes gerentes, que el capitalismo desenfrenado uniformice nuestras vidas. Es el renovado principio por el cual se deben cambiar las cosas para que todo siga como está. Debajo de la máscara de la diversidad se esconde el inalterable rostro de la rentabilidad capitalista.

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