CUENTOS JASÍDICOS

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CUENTOS JASÍDICOS

 

GENERACIONES

Contaba el rabí de Rizhin:

“Una vez que el santo Baal Shem Tov quiso salvar la vida de un muchacho enfermo al que tenía mucho afecto, ordenó que le trajeran una vela de cera pura, la llevó al bosque, la aseguró a un árbol y la encendió. Después pronunció una larga oración. La vela ardió toda la noche. Al llegar la mañana el muchacho estaba bien.

“Cuando mi abuelo,el Gran Maguid, que fue discípulo del santo Baal Shem, quería lograr una cura similar, ya no sabía el sentido secreto de las palabras en las que se tenía que concentrar, Hacía lo que había hecho su maestro e invocaba su nombre. Y sus esfuerzos tenían éxito.

“Cuando Rabí Moshé Leib, el discípulo del discípulo del Gran Maguid, quería lograr una cura de esa especie, decía: ‘Ya ni siquiera tenemos el poder de hacer lo que fue hecho. Pero contaré la historia de cómo fue hecho, y Dios ayudará.’ Y sus esfuerzos tenían éxito”

 

UN CONSEJO

Rabí Jaim había casado a su hijo con la hija de Rabí Eliézer de Dzikov; hijo de Naftalí de Roptchitz. Al día siguiente de la boda visitó al padre de la novia y le dijo: “Ahora que somos parientes me siento cerca de ti y puedo confiarte algo que me corroe el corazón. ¡Mira! ¡Mis cabellos se han vuelto blancos y aún no he pedido perdón!

“Oh, amigo mío”, repuso Rabí Eliézer. “Piensas solo en ti. ¿Por qué no te olvidas de tu persona y piensas en el mundo?”

 

SABIDURÍA VERDADERA

Un día estaba el rabí de Zans parado ante la ventana, mirando hacia la calle. Al ver a un transeúnte golpeó en el cristal y le hizo seña de que entrara en la casa. Cuando el desconocido pasó a la habitación, el rabí le preguntó: “Dime, ¿si hallaras una bolsa llena de ducados, la devolverías al dueño?

“Rabí”, dijo el hombre, “si supiera quién es el dueño la devolvería al instante.”

“Eres un tonto”, dijo el rabí de Zans. Luego retomó su posición ante la ventana, llamó a otro transeúnte y le formuló idéntica pregunta. “No soy tan loco como para eso”, dijo el hombre. “No tan loco como para renunciar a una bolsa llena de monedas que se cruza en mi camino.”

“Eres una mala persona”, dijo el rabí de Zans, y llamó a un tercer hombre. Este contestó: “Rabí, ¿cómo puedo saber sobre qué peldaño estaré cuando encuentre la bolsa y si lograré resistir a la inclinación al mal? Tal vez se apodere de lo mejor que hay en mí y yo me apropie de lo que pertenece a otro. Pero también puede ocurrir que Dios, bendito sea, me ayude a luchar contra ella y en ese caso restituiría lo hallado a su legítimo dueño.”

“Así se habla”, exclamó el tzadik. “Tú eres un verdadero sabio.”

 

EL FABRICANTE DE MEDIAS

Una vez, en el curso de un viaje, el Baal Shem se detuvo en una pequeña ciudad cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros. Una mañana, antes de la oración, el Baal Shem estaba fumando su pipa, como de costumbre, mirando por la ventana. Y vió pasar a un hombre que llevaba en la mano el manto de rezar y las filacterias y marchaba con pasos tan solemnes y decididos como si se dirigiera rectamente a las puertas del cielo. El Baal Shem preguntó al discípulo en cuya casa se hospedaba, quién era el hombre. Se le informó que era un fabricante de medias que iba a la Casa de Oración día tras día, invierno y verano, y recitaba las oraciones aun cuando el quórum prescripto de diez devotos no estuviera completo. El Baal Shem quiso que lo trajeran a su presencia, pero su anfitrión le dijo: “Nadie detendrá a ese loco en el camino. No, ni aún cunado el emperador en persona lo llamasee.”

Después de la oración el Baal Shem mandó a alguien con el encargo de traerle cuatro pares de medias. Poco después estaba el hombre ante él, desplegando su mercancía. ¡¿Cuánto quieres por este par?, preguntó Rabí Israel?

“Un gulden y medio.”

“Supongo que estarás satisfecho con un gulden.””En ese caso hubiera dicho un gulden”, replicó el hombre.

El Baal Shem pagóle de inmediato lo que había pedido y comenzó a interrogarlo.

“¿Cómo pasas tus días?”

“Ejerzo mi comercio”, dijo el hombre.

“¿Y cómo lo ejerces?” “Trabajo hasta que tengo cuarenta o cincuenta parers de medias. Luego las pongo en eun molde con agua caliente y las prenso, hasta que sean como deben ser.”

“¿Y cómo las vendes?” “Yo no abandono mi casa. Los comerciantes vienen a mí para comprar. Ellos me traen asimismo buena lana que han adquirido para mí y yo les pago por su molestia. Esta vez he dejado mi casa sólo para honrar al rabí.”

“Y cuando te levantas por la mañana, ¿qué haces antes de ir a rezxar?”

“Hago también medias.”

“¿Y qué salmos recitas?”

“Digo los salmos que sé de memoria mientras trabajo.”

Cuando el fabricante de medias se fue a su casa el baal Shem dijo a los discípulos que lo rodeaban: “Hoy habéis visto la piedra angular que sostiene el Templo hasta la llegada del Mesías.”

 

LA FUERZA DE LA COMUNIDAD

Se cuenta que:

Una vez, en la noche que sigue al Día del perdón, la luna se ocultaba detrás de las nubes y el Baal Shem no podía pronunciar la bendición de la luna nueva. Esto oprimió pesadamente su espíritu porque entonces, como muchas otras veces, sintió que el destino inconmensurable dependía de esas palabras que debían salir de sus labios. En vano concentró su intrínseco poder en la luz del astro errante a fin de ayudarle a atravesar la espesa envoltura: cada vez que enviaba a alguien afuera recibía la noticia de que las nubes se habían vuelto aún más impenetrables. Finalmente abandonó toda esperanza.

Mientras tanto los jasidim, que ignoraban la aflicción del Baal Shem, se habían reunido en la sala del frente de la casa y comenzaron a bailar. Porque así celebraban ellos esa noche, con la festiva alegría del perdón anual, logrado a través del oficio sacerdotal del tzadik.

Cuando su santo júbilo creció más y más invadieron la cámara del Baal Shem todavía danzando. Transportados por su propio frenesí de felicidad lo tomaron de las manos, sumido como estaba en la tristeza, y lo atrajeron a la ronda. En ese momento alguien llamó desde el exterior. La noche se había vuelto repentinamente clara y la luna recorría un cielo sin tacha.

 

ES EL TIEMPO DE DANZAR

Rabí Moisés-Leib de Sassov decía a su amigo Rabí Uri de Strelisk: recorres el país de una punta a la otra para recoger dinero para librar al hombre de una prisión, casar a tal huérfana, ayudar a tal viuda. Ya lo sé; sé todo eso. Pero no tengo dinero; jamás lo tuve.

Quisiera ayudarte, pero ignoro cómo. ¡Espera! ¡Ya lo sé! ¡Ya sé qué hacer, ya sé cómo ayudarte! ¡Uri, amigo mío, Rabí Strelisk, voy a danzar para tí!

 

SACRIFICIO A LOS IDOLOS

“¿Qué se quiere decir cuando se habla de sacrificios a los ídolos?”, preguntaron a Rabi Bunam. “¡Es impensable que un ser humano pueda ofrecer un sacrificio a un ídolo!.”

El respondió: “Te daré un ejemplo. Cuando un hombre justo y devoto está sentado con otros a la mesa y, deseando comer un poco más, se abstiene por temor a lo que la gente pueda pensar de él, ha hecho un sacrificio a un ídolo.”

 

LA SUPREMA PREGUNTA

Poco antes de su muerte, dijo Rabí Zusia: “Si me llegaran a preguntar por qué no he sido Moisés, sabría qué contestar. Pero si me preguntaran por qué no fui Zusia, no tendré qué alegar.”

 

EL JUICIO DEL MESÍAS

Un joven adepto del gran Maguid de Mezeritch se casó con la hija de un anti – jasid virulento que lo forzó a elegir entre la familia y su rabí. El yerno debió jurar que no volvería a Mezeritch. Pero al cabo de algunos meses, quizá de algunos años, enfermó de nostalgia, sucumbió a su deseo; fue a encontrarse nuevamente con sus compañeros y su Maestro. A su vuelta, el suegro lo llevó ante el rabí local que, habiendo consultado el código y las obras apropiadas, pronunció su sentencia: el suegro tenía razón; habiendo el yerno faltado a su juramento, debía divorciarse inmediatamente. El joven jasid, resignado, se encontró de la noche a la mañana en la calle. Sin medios, sin apoyo, sin nada. Inconsolable, rehusando todo alimento, se arrastraba de asilo en asilo, y murió poco después.

Y bien -decía Israel de Rizhin-, cuando venga el Mesías, el joven jasid intentará un proceso a su suegro y al rabino local, culpables de su muerte prematura. El primero dirá: obedecí al rabino; y el rabino dirá: obedecí la Ley. Y el Mesías dirá: el suegro tiene razón, el rabino tiene razón y la Ley tiene sus razones. Entonces abrazará al joven litigante y le dirá: Pero yo, ¿qué tengo que ver con ellos? Yo he venido para aquellos que no tienen razón.

 

EL TESORO

Rabí Bunam acostumbraba a relatar a los jóvenes que venían por primera vez, la historia de Rabí Aizik, hijo de Rabí Iekel de Cracovia.

Después de muchos años de extremada pobreza que no debilitó jamás su fe en Dios, soñó que alguien le pedía que fuera a Praga a buscar un tesoro bajo el puente que conduce al palacio del rey. Cuando el sueño se repitió por tercera vez, rabí Aizik se preparó para el viaje y partió a Praga. Mas el puente estaba vigilado noche y día y él no se atrevía a comenzar a cavar. Sin embargo, iba allí todas las mañanas y se quedaba dando vueltas por los alrededores hasta que se hacía oscuro.

Finalmente el capitán de los guardias, que lo había estado observando, le preguntó de buena manera si estaba buscando algo o esperando a alguien. Rabí Aizik le refirió el sueño que lo había traído desde una lejana comarca. El capitán rió. “¡Así que por obedecer a un sueño, tú, pobre amigo, has desgastado las suelas de tus zapatos para llegar hasta aquí! Y en cuanto a tener fe en los sueños, también yo, de haberlo tenido, hubiera partido cuando soñé una vez que debía ir a Cracovia y cavar en busca de un tesoro debajo de la estufa en el cuarto de un judío. ¡Aizik, hijo de Iekel! Así se se llamaba. ¡Aizik, hijo de Iekel! Me imagino lo que hubiera pasado. Habría probado en todas las casas de allí, donde una mitad de los judío se llama Aizik y la otra mitad se llama Iekel” Y volvió a reír. Aizik saludó y viajó de vuelta al hogar. Cavó debajo de la estufa, encontró y construyó la casa de oración que se llama “El shul de Reb Aizik”.

“Tomad esta historia en serio”, solía agregar Rabí Bunam, “y haced propias estas palabras: Hay algo que no puedes encontrar en ninguna parte del mundo, ni siquieras en la casa del tzadik, y hay, sin embargo, un lugar en el que puedes hallarlo.”

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