REGISTROS DE LA VIOLENCIA

Mayo 2. El que arreglo yo     REGISTROS DE LA VIOLENCIA

Adriana Frechero

Raquel Zieleniec

Pensamos la violencia como un desborde inherente a la pulsión. Atravesada por la cultura, adquiere variantes de acuerdo a las posiciones y deseos en juego. Utiliza las capacidades del desarrollo simbólico para mostrar y esconder su polisemia, actúa sin palabras o estalla en dispositivos y discursos que la justifican. Como tal, ha sabido transmutarse siguiendo la estética y los valores de cada época.

Es también un fenómeno de relación. Ante la presencia del otro, la violencia se descubre -según M. Foucault – en un ejercicio particular de poder destinado a dominar o suprimir al otro.

Nos propusimos trabajar con un material donde las violencias se deslizan en forma encubierta y suelen percibirse como banalidades. Luis Bonino las llamó microviolencias, por estar invisibilizadas y naturalizadas en el entorno.

Nos interesa además observar distintos planos y registros de esta compleja expresión humana. La perspectiva del psicoanálisis individual dialogará con las configuraciones vinculares y los estudios de género.

Una subjetividad en tránsito

Florencia relata: 

Escena1.-  Él llega del interior, luego de un par de días de ausencia. Me había avisado que llegaba y lo estaba esperando. Todo parecía deslizarse con buena onda, porque con él nunca se sabe. Le digo ¡hola! porque entra con el celular pegado a la oreja y no me ve o no me mira. Me disgusta que vuelva a suceder: un gesto atento es todo lo que espero. Él está concentrado en bromear con un amigo; nada urgente. Vuelvo a hacerle una señal… Cuando por fin logro que me divise levanta y sacude el brazo libre ¡con fastidio!, frunce el ceño, me da la espalda y sigue hablando.

Florencia continúa con una reflexión

Esa actitud siempre logra desconcertarme.  Aquí es donde por lo general la mujer se instala, ¿no? Sin saber si esperar o no, dejo de mirarlo y me voy; furiosa, desilusionada, sintiéndome descalificada, atrapada, porque no salgo airosa de la situación. Al irme imagino otras salidas posibles. ¿Qué debí haber hecho? ¿Tomar un papel y escribirle que en un rato tendré que irme?…  pero me da fastidio tener que explicarle. ¡No, no tengo que explicarle nada! Su gesto no es amable. No tengo que escribirle tampoco. Tendría que haberme ido, simplemente, sin esperar, sin escribir, sin vacilar. Sin expectativas. Pero me fui repitiendo su gesto de fastidio tratando de entender cómo responder, enojada, soltando improperios sin voz, más dirigidos a mí misma que a su grosería. Sí, debí hacer eso, hacerle rebotar su destemplada actitud.

Pero luego lo olvidé, como tantas otras veces, como tantas otras cosas.   

Estos gestos, que también pueden expresarse en palabras- acto, desbordan el registro simbólico. Es un cierto modo de tramitar una descarga, en un mensaje que no define su significación, tan condensado que logra escamotear la conciencia, como veremos.

Como acto, cabe diferenciarlo de acción, en tanto ésta implica intención y conciencia, implica conexión con lo que está sucediendo y con los sentimientos que despierta en los protagonistas.

Adherimos al concepto de microviolencias al observar cómo éstas se repiten y hacen síntoma. Florencia lo percibe como un “golpe” que él reitera en acto sin registrar el gesto. Cuando ella le increpa lo sucedido, asombrado, él no sabe de qué habla, Lo que para él surge como acto escindido, aislado de la conciencia, para ella aparece desde una dimensión desconocida, -sin palabra, sin anudar una explicación-, como un rechazo.

Esa dimensión desconocida que aparece como acto sin ligar, se vuelve un real que ella tratará de anudar. El concepto de Umheimlich (Freud, Lo siniestro) daría cuenta de la vivencia de lo familiar que se vuelve desconocido.

El mecanismo que ella utiliza para cerrar el círculo en su propia conciencia, superado el impacto, es cortar, negar, escindir lo sucedido. El suceso adquirirá para ella también, en espejo, la dimensión de acto, un no pasó nada de una cotidianeidad que podrá continuar su curso sin verse afectada. Sin duda habrá un resto que quedará en suspenso, que volverá a reiterarse.

El desfasaje genera irritación en ambos.  En él, por la interrupción de su nutriente narcisista que lo conecta con el afuera. En ella, el mensaje descalificador la priva del sustento que espera de él. Al no ser reconocida, su fantasmática da cuenta de su mal lugar (lugar de goce). Vivido como rechazo aniquilante (tú o yo) ella queda en un punto ciego, no se ve, no ve su implicación en la escena. Solo recibe el “golpe”.

En su reflexión posterior observa que su propio “olvido” juega al servicio de un mecanismo defensivo. Así la conciencia de lo vivido atraviesa aspectos inconscientes no reconocidos o pasibles de reconocer de uno mismo.

Luego de una pausa, Florencia recuerda otra escena que trae asociada.

No sucedió lo mismo aquella vez cuando luego de un apacible fin de semana, salimos a caminar. A la media cuadra encendió la radio y se llevó el audio a las orejas. ¿Pretendía caminar conmigo al lado y sin hablarme? No lo podía creer, creí que era una broma y me acerqué sonriendo a quitarle el audio, diciendo algo así como… e y, vamos juntos, ¿no? Pero la respuesta suya llega con un gesto violento; tironea el cable, vuelve a acomodarse el aparato y murmura algo acerca de su libertad… ¡muy molesto!

El mundo se me desmoronó. Otra vez aparece el golpe y yo ¡nunca lo veo venir!

-Me di vuelta y salí disparada hacia el lado opuesto. Sin vacilar. Y me sentí muy bien, hice lo que tenía que hacer.  Ese lenguaje, él lo entiende. Nunca más llevó la radio.

De la diferencia irreductible surge como efecto esa imposibilidad constitutiva de complementariedad sexual. Los encuentros serán siempre disarmónicos. No hay orden normativo ni significante (A) que lo garantice. No puede ser inscripto. El encuentro será un intento que no cesa de no escribirse, será por siempre extranjero, por siempre otro (a).

Si no hay lugar para la escucha (en ambas escenas), tampoco lo hay para la palabra. La escena ha de jugarse, entonces, en otro lenguaje: en  acto.

 

Escenas como ésta llegan con frecuencia a la clínica de parejas. Algunas veces al reconstruir el discurso de lo que sucede, la distancia entre sesiones facilita el trabajo inconsciente, la reflexión y elaboración de las ansiedades en juego.

Si la escena se despliega en el espacio-tiempo de la sesión, la irrupción genera un caos de irritación y confusión. Las palabras y gestos-actos cobran vida, desbordan a los sujetos en un clima de ansiedad persecutoria.

Desde el punto de vista del psicoanálisis vincular la pregunta sería ¿Cómo surgen estos estados desde el espacio del entre dos?

A diferencia del psicoanálisis -que aborda el nivel intrasubjetivo del mundo interno, representacional, pulsional e identificatorio-, el paradigma del psicoanálisis vincular enfoca los modos en que se tramitan las diferencias irreductibles; las afectaciones recíprocas y sus efectos subjetivantes; las convergencias y divergencias que van tejiendo la trama interfantasmática; las alianzas inconscientes que operan más allá de las diferencias.

El vínculo necesita un espacio que albergue lo imprevisto. Hacerle lugar al otro y cohabitar con su diferencia radical es un desafío narcisista. Hay una tensión yo-otro que sostiene el reconocimiento recíproco. En la lógica del Dos, cada uno es el otro del otro, las expectativas en algún punto desbordarán lo representable (efecto de presencia; Berenstein/Puget)  y habrán de enfrentar ese límite que el otro impone.

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Cuando el espacio está saturado o se lo desconoce, cae el dos, estamos en la lógica del Uno y el vínculo queda fragilizado. Si los partenaires quedan congelados en un enfrentamiento “tu o yo”, estamos ante la lógica excluyente de la violencia. Y ya no hay marcha atrás, el camino es hacia la ruptura.

En las intermitencias entre momentos de producción y otros de labilidad vincular, las repeticiones de las microviolencias muestran una alteridad afectada. Ésta se produce ante mecanismos de fusión, en la reacción en espejo de una misma respuesta-acto, en la dependencia a ultranza, en la expectativa de lo idéntico, etc.

En la escena presentada, algo de la diferencia radical no pudo ser tramitado entre ambos; ya sea que él llegaba ocupado con “otra llamada”, o que ella estuviera esperando su saludo.

La “espera” de Florencia no es una actitud pasiva. En ese lapso ella reconstruye la escena ideal y el reclamo. Ella transmite una demanda que luego el otro va a frustrar.

Por su parte, él llega a  casa, cruzando el umbral de lo público a lo privado en un efecto de alienación: sin reconocer el cambio, sin acusar la presencia de ella, ni su propia pertenencia al Dos.

La trama interfantasmática se va construyendo a partir de alianzas inconscientes –no explicitadas- que establecen el modo de relación de cada vínculo.

El efecto lo vemos en los contenidos hostiles que escapan a la conciencia. Así se inscribe la denuncia de la repetición (“lo olvidé como tantas otras veces”), como también lo que él no reconoce como propio y siente tan ajeno, anudando las microviolencias de maltratos cotidianos

 

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Los sentidos de la repetición anidan en la trama interfantasmática que se va tejiendo a través de alianzas inconscientes. Allí habitan lógicas intra e intersubjetivas. Allí dialogan los tres espacios psíquicos (Puget – Berenstein):

  • la historia personal, 2) el potencial de cada relación en su estar siendo/haciendo juntos y 3) los modos representacionales con que el imaginario social define sus estereotipos de género y las funciones a cumplir.

Estos preexistentes operan sobre los arreglos conyugales, reproducen de generación en generación las formas patriarcales que mapean la circulación de poder y cumplen los estereotipos de género y sus representaciones sociales; distribución de territorios, atribuciones y asignaciones de roles. Las microviolencias (pequeños maltratos cotidianos que quedan banalizados) van parasitando el vínculo e instalan un clima de irritación por efecto de repetición.

 

Florencia lleva más de treinta años casada, tiene tres hijos adultos y está estrenando su rol de abuela. Fue educada en un sector conservador que, si bien habilitó su crecimiento, también inscribió el mensaje que asocia lo privado -familia, maternidad-, como femenino. El mandato masculino del proveedor, el éxito público /profesional, lo cumple él, en forma cabal.

Desde su propia angustia y entorno social, la crisis de Florencia deja en evidencia el malestar que subyace. Ya no está cómoda en ese escenario; promueve giros, interroga su pasividad, resquebraja los pactos inconscientes e imagina otros modos de resolución para situaciones en las que no salió “airosa”. Al tomar conciencia, deja de sostener los roles tradicionales como también el juego reiterativo de las microviolencias.

Cuando la diferencia con el otro se organiza bajo un sentido jerárquico -como sucede en culturas patriarcales como la nuestra-, las asimetrías son la expresión de una violencia estructural, que precede al sujeto y configura su mundo interno de modo inconsciente. Así se construyen pre-disposiciones, ya sea hacia la subordinación o el dominio.

En la clínica, el terreno de las conyugalidades hace visibles estas asimetrías. Éstas, forman parte de los ruidos de fondo de las rencillas cotidianas que como microviolencias pulsan el dominio/ anulación del otro, sin estridencias, con pequeños gestos y rispideces que se banalizan y se sustraen a la conciencia. (desmentida?) En otro registro diferente ubicamos las fricciones propias del límite/tope que cada yo impone al otro. El tope limita la violencia y logra atravesar la línea narcisista hacia las fricciones propias de dos que buscan seguir juntos.

No es de extrañar que en general sean ellas las que traigan a las sesiones un discurso quejumbroso, plagado de reclamos y reproches. Aunque denuncian así, el malestar desde la subordinación, la queja no actúa en dirección del cambio; por el contrario, deviene descarga catártica que mantiene el status quo.

Una nueva posición aparece cuando ella sale de la posición pasiva, al integrar la diferencia con el otro sin invadir el espacio de su alteridad. Capta el código y al pasar a la acción en el mismo lenguaje-acto, deja caer la demanda. Su respuesta abre otro lugar posible para el espacio intersubjetivo y su accionar novedoso genera acontecimiento; “él entiende”. Y la tensión del Dos, se restablece.

Tal vez por los estereotipos de género, este lenguaje de actos y gestos, es desestimado por las mujeres que suelen apostar al “diálogo”.

En los últimos años, los cambios en el discurso, las representaciones y nuevos marcos normativos, tienen como efecto develar lo invisible e impensado para muchas mujeres. También las nuevas subjetividades operan como figuras interpelantes.

“¡… nunca pensé… Recién estoy despertando…. viendo ¡cómo me pone la pata encima!”

Para terminar, no olvidemos que estamos ante un fenómeno paradojal.

Finalmente los medios despliegan una entusiasta publicidad sobre la violencia. Lo que observamos es que a la vez que la denuncian, la retroalimentan. Y la vemos reproducirse.

Pero este es otro tema.

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