ETERNIDAD: EL NOMBRE HEBREO DE DIOS

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ETERNIDAD: EL NOMBRE HEBREO DE DIOS

Las cuatro letras que componen el nombre inefable y más grandioso de Dios articulan la conjugación presente del verbo ser/estar en hebreo, una forma verbal única e impronunciable en la lengua coloquial.

En general, este verbo suele ser muy particular en todas las lenguas, ya sea por su irregularidad o por su indefinición (ser / estar); tanto en hebreo como en inglés, por ejemplo, el verbo TO BE o להיות (lihiot) pueden significar una cosa o la otra dependiendo del contexto.

Ahora bien, mientras que en las demás lenguas este verbo que nos remite a la mismísima esencialidad de la existencia puede ser conjugado de alguna forma, por más irregular que sea, en hebreo es imposible articularlo. No porque no exista una forma léxica posible, sino porque esa misma palabra es la que la tradición hebrea escogió como nombre más cabal y auténtico de “Dios”.

Me gustaría que dejáramos de lado por un momento la palabra “Dios”. Ella remite etimológicamente a Zeus, un dios del paganismo griego, lleno de arrogancia, egolatría, prepotencia, ira y altivez. Al reparar en la trascendencia y en la responsabilidad del traductor, me pegunto cuán distinta podría haber sido la historia de esta civilización occidental si ese inefable y bendito nombre hubiera sido traducido de otra manera, con otra precisión.También tomo conciencia de lo determinante que se vuelve la cultura de quien traduce a la hora de adaptar a su entorno o a quien lo requiera el lenguaje y el sentir de otra que dista abismalmente de aquella.

No podría haber más diferencias culturales, filosóficas y paradigmáticas como las que hay entre los antiguos griegos y los hebreos. Aquellos han puesto siempre el foco en el cuerpo, en la figura, en el poder humano y su relación con la implacabilidad de sus dioses, mientras que estos han puesto siempre su mirada en el alma, en la interioridad, en lo espiritual y en la misteriosa pero fantástica incorporeidad de la divinidad. Contra eso han luchado los judíos a lo largo de toda su historia milenaria: contra la idolatría de lo efímero y lo material, contra el supremacismo y el abuso del poder, contra la desigualdad y a favor de la justicia entre los hombres.

Entonces, ¿cómo osar referise a Dios con ese nombre tan abyecto cuando significa algo tan profundo y trascendente y expresa un sentido tan noble y sensible de la existencia? Tal vez por esa misma razón quedó prohibida la articulación fonética de la palabra, para que nadie pudiera atreverse a hablar en su nombre o por él.

Pero si “Dios” es incorpóreo, no tiene cuerpo, no tiene forma, no tiene imagen, ni tiene rasgo antropomórfico ninguno, y por otro lado se representa con la forma presente del verbo “ser” o “estar”, ¿qué es en definitiva?

 

 

Si solo “Dios” puede ser o estar realmente, el resto somos transeúntes pasajeros de este mundo; nadie puede ser o estar verdadera y constantemente en presente, pues algún día ya no seremos ni estaremos. Por eso hay una única dimensión de la existencia que sí es y siempre está, que es la eternidad. Y esa misma voz, que en hebreo no se pronuncia como figura y es la que adquiere verdadera dimensión de lo divino, es la única que puede llamarse “Dios”, ya que lo que siempre estará presente es la eternidad del ser, y por eso nadie puede articularla acabadamente, pues nadie es eterno ni intemporalmente presente.

Y ese es el verdadero nombre de Dios: el ser eternamente presente.

Rodrigo Varscher

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