Los mundos simbólicos de Kafka

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Los mundos simbólicos de Kafka

 

         Cr. Isaac Markus

 

    Kafka es un creador de mundos que se intuyen pero que no se revelan con claridad. A tal punto son intrincados, que el término «kafkiano» fue incorporado al diccionario de la Real Academia Española, que lo define como algo absurdo, angustioso. Gracias a Max Brod, su amigo y albacea, que no cumplió con la voluntad póstuma del escritor, conocemos hoy una de las más importantes creaciones del mundo moderno. Al querer destruir sus escritos, Kafka actuó con la misma sinceridad con la que había escrito su obra. Su actitud es el reflejo de una intimidad pura y profunda, de una mente con una riqueza de contenido tan abrumadora que lo hace menospreciar sus escritos al punto de considerar que deben ser destruidos. A diferencia de otros creadores que han provisto a sus símbolos de cierto grado de nitidez, los escritos de Kafka son sumamente elípticos. Las múltiples interpretaciones y resonancias que provocan en sus lectores terminan siendo, sin embargo, un medio idóneo para expresar el sentimiento de impotencia y de confusión a que se ven sometidos los seres humanos.

Su obra refleja la opresión a la que está sometido el hombre. En «La metamorfosis», lo que importa no es la conversión de un hombre en un desagradable insecto, sino mostrar la situación familiar y social a que se ve sometido. Lo relevante no es el elemento fantástico, sino la alusión a un símbolo, el del hombre humillado que ha sido trasladado por medio de su metamorfosis a la normal condición humana. Es el mismo hombre humillado que encontramos en el protagonista de «El proceso», que es perseguido sin conocer la causa. La constante alusión a lo desconocido, a una culpa de la que los protagonistas no parecen ser responsables, carga estos relatos de una atmósfera misteriosa. Todo se mueve con una férrea lógica interna, como una metáfora de la aparente racionalidad que rodea a ciertas circunstancias de la vida real que también podrían calificarse de absurdas.

Walter Benjamín, filósofo y crítico literario, en su ensayo sobre Kafka, decía que su mundo es el de los funcionarios, que detentan un poder que parece estar en vías de hundimiento pero que siempre está en ascenso. Es el poder de un Estado agobiante, transmitido a través de los vasos comunicantes de seres pequeños y retorcidos. Según interpreta  Benjamín, para Kafka el mundo de los funcionarios y el de los padres tienen similitudes. Ambos son portadores de un viejo y corrupto poder, que es notoriamente más terrible cuando surge de la más profunda degeneración, la de los progenitores.

En el cuento «La condena», esta angustia se expresa brutalmente cuando el hijo calma al padre decrépito al que acaba de llevar dulcemente a la cama, generándose el siguiente diálogo: «”No te inquietes, estás bien cubierto” dice el hijo “¡No!” exclama el padre, de tal manera que la respuesta se estrella contra la pregunta, al tiempo que echa de sí la manta con tanta fuerza que por un segundo se despliega enteramente en su vuelo, mientras él se incorpora erguido en la cama, con una mano apuntando ligeramente al cielo raso. “Querías cubrirme, ya lo sé joyita mía, pero cubierto aún no estoy y aunque sea con mi última fuerza, sería suficiente, ¡incluso demasiado para ti…!»

Entiende Benjamín que «Kafka disponía de una extraordinaria capacidad para proveerse de alegorías. Sin embargo, no se afana jamás con lo interpretable, por el contrario, tomó todas las precauciones imaginables en contra de la clarificación de sus textos. Hay que ir avanzando a tientas en su interior con circunspección, cautela y desconfianza. Y, por supuesto, debemos recordar su testamento. La prescripción por la cual se ordenaba la destrucción de su legado resulta, en vista de las circunstancias inmediatas, tan injustificable y, a la vez, tan digna de cuidadosa ponderación, como lo son las respuestas del guardián de las puertas en el cuento “Ante la ley”. Es posible que Kafka, cada día de su vida enfrentado a formas de comportamiento indescifrables y a confusos comunicados y notificaciones, haya querido al morir, retribuir a su entorno con la misma moneda».

En una de las cartas que escribió a Felice Bauer, dice Kafka: «La verdad interna de un relato no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una y otra vez, de manera renovada, por cada uno de los lectores u oyentes». Aunque algunas interpretaciones atribuyen los símbolos escondidos en los textos de Kafka a sus estudios cabalísticos, no cabe duda de que son producto de una búsqueda profunda de la verdad y de la justicia. En la nota fúnebre de Milena Jesenska para el diario Narodni Listy de Praga, le atribuye «una sensibilidad que lindaba en lo maravilloso», y lo retrata «tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo».

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