¿Un futuro vietnamita para Cuba?

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¿Un futuro vietnamita para Cuba?

Castro y Díaz-Canel, durante el nombramiento del segundo por la Asamblea Nacional como presidente de Cuba. (La Habana, 19/04/2018). GETTY

El anuncio por el gobierno cubano de que aprobará una nueva constitución que sustituirá a la de 1976 y que, entre otras cosas, reintroducirá los cargos de primer ministro y de vicepresidente supone, según Andy Gómez, exdirector del Instituto de Estudios Cubanos de la Universidad de Miami, el mayor esfuerzo por institucionalizarse del régimen castrista en 60 años.

De los 224 artículos de la actual Carta 113 han sido modificados, 11 se han eliminado –entre ellos el que aseguraba que la isla debía avanzar hacia la sociedad comunista– y se han añadido otros 87. El borrador del documento difundido por el diario oficialista Granma reconoce, entre otras cosas, el derecho a la propiedad privada, al tiempo que alienta la inversión extranjera, lo que da reconocimiento constitucional a las reformas de mercado de los últimos años. Pero los cambios de mayor calado son políticos.

De hecho, al descentralizar y repartir el poder los cambios suponen una especie de transición de una monarquía absoluta a un liderazgo colegiado a la vietnamita con el obvio propósito de impedir la aparición de eventuales caudillismos entre los miembros de la nomenklatura.

Así, el Consejo de Estado propondrá a los “compañeros apropiados” con el fin de equilibrar el poder del presidente del Consejo de Ministros, actualmente Miguel Díaz-Canel, sucesor de Raúl Castro, quien, sin embargo, es todavía primer secretario del Partido Comunista, la verdadera clave de bóveda de un sistema político que se sigue considerando marxista-leninista.

El PCC conservará su monopolio del poder mientras que el aparato productivo seguirá fundamentalmente en manos del Estado. Pero los futuros presidentes tendrán que tener entre 35 y 60 años en el momento de asumir el cargo y solo podrán gobernar durante dos mandatos de cinco años.

Asimismo, las provincias tendrán gobiernos con gobernadores elegidos por la Asamblea Nacional. El régimen parece querer copiar el modelo de Hanoi. Desde 1986, el Partido Comunista de Vietnam ha tenido cinco secretarios generales, los jefes de gobierno de facto, y el gobierno siete primeros ministros, lo que refleja los mecanismos internos del comité central del partido para buscar cierto equilibrio e impedir que sus apparatchicks acumulen demasiado poder.

Mientras Kim Jong Un preside una dinastía comunista y el presidente chino, Xi Jinping, ha reinstaurado una presidencia cuasi vitalicia, los comunistas vietnamitas siempre rechazaron los personalismos. De hecho, Ho Chi Minh nunca tuvo el poder omnímodo de Mao, Stalin o Kim Il Sung.

En Vietnam es casi imposible ver retratos de políticos en activo en las calles y tampoco se difunden sus escritos o idearios. El culto a la personalidad es un privilegio del que solo gozan los dirigentes muertos. El resultado es un sistema en el que ningún político puede crear su propia clientela. Actualmente, el secretario general es Nguyen Phu Trong, el primer ministro es Nguyen Xuan Phuc y el presidente, Tran Dai Quang, pero nadie parece saber muy bien cuál es el lugar de cada quien en el escalafón.

En Cuba, sin embargo, los Castro no están dispuestos a alejarse del poder. La dinastía conservará un alfil: Alejandro Castro Espín, único hijo varón de Raúl Castro, que presidirá el llamado Consejo de Defensa Nacional (CDN), presentado como un “órgano superior del Estado” para dirigir el país en “situaciones de excepción”. El CDN reunirá a todos los organismos de inteligencia y contrainteligencia, un papel similar al que tiene el FSB, sucesor del KGB soviético, en la actual Federación Rusa.

El modelo económico del texto –que declara “irrevocable” al socialismo– pretende un socialismo sin subsidios y un capitalismo sin incentivos. Es decir, lo peor de ambos mundos. En el índice “Doing Business” del Banco Mundial, Vietnam figura en el puesto 68, frente al 78 que ocupa China.

Pero a diferencia del modelo vietnamita de “economía de mercado con orientación  socialista” –conocido como doi moi (renovación), en el que empresas estatales conviven codo con codo con multinacionales como ExxonMobil o Adidas–, el castrismo sigue equiparando la economía de mercado con la corrupción, la desigualdad y la competencia desleal con las empresas estatales.

De hecho, el gobierno ha eliminado las normas que permitían a los llamados “paladares” (restaurantes privados) acoger a más de 50 comensales y ha subido los impuestos a los pequeños negocios con el propósito expreso de impedir que puedan contratar a más de 20 trabajadores.

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